La Fuente: Mi país imaginario

La película de Vivanco se ofrece como desafiantemente política (al punto de la prohibición, como sugeríamos antes), pero en realidad ofrece menos enunciados polémicos de lo que uno podría pensar, y sí bastante conflicto telenovelesco. Estas subtramas familiares ocupan la mayor parte de la duración de la película, a pesar de su menor grado de interés dramático y de su conservadurismo formal.

 

  1. La censura imaginaria

 

“En Chile todas las películas son de la dictadura. Pero si te dijera que hay solo una que va en contra de todo eso… Y no quieren que la veas”. Con estas desafiantes palabras, Daniel Vivanco invita a ver La fuente, su última película. No me detendré demasiado en el cliché de la dictadura como único tema posible del cine chileno, pero sí me interesa el remate de la frase. Esta supuesta intención de prohibición se convirtió en el eslogan de los carteles de promoción: “La película que no quieren que veas”. Se trata de una frase sin sujeto que permite abrir la pregunta: ¿Quién no quiere que veamos La fuente? ¿Los poderes fácticos? ¿El gobierno? ¿El discurso público dominado por las ideas de izquierda? ¿Los verdaderos y secretos organizadores del Estallido social que la película denuncia?

Esta indeterminación resulta esencial para pensar la estrategia publicitaria de La fuente. Da lo mismo que la película se esté exhibiendo actualmente en las tres principales salas comerciales del país y que Santiago Centro esté cubierto por sus carteles publicitarios. La película sugiere que hay una especie de acción proscrita en el acto de ir a verla. Esta retórica del perseguido se vuelve menos extraña si pensamos la presentación no oficial que ha tenido la película como “la versión de la derecha” del Estallido. Si bien sus actores principales (Gnecco y Farías, al menos) han comentado en entrevistas que el contexto político de la película es un elemento secundario, e incluso ha sido presentada por Vivanco en entrevistas diciendo que “no es una película del Estallido”, es evidente que el eslogan apunta a una incorrección política inseparable de su temática. En una entrevista con El Líbero, el director dice inscribir la película dentro de una “batalla cultural”, siendo una suerte de contrapeso del discurso dominante de izquierda en las representaciones del fenómeno.

Vivanco sugiere, aunque no las menciona, que las otras películas sobre el Estallido tendrían aproximaciones políticas similares, todas desde la izquierda. Si bien es cierto que en películas como Mi país imaginario (Patricio Guzmán, 2022) y Plano fijo: 100 registros en torno a Plaza Dignidad (Cristián Pérez, 2020) habría una identificación explícita desde los títulos, esta suposición no deja de ser llamativa si vemos las películas estrenadas en salas sobre el tema (que no son tantas como se ha dicho). El que baila pasa (Carlos Araya, 2023) u Oasis (Tamara Uribe y Felipe Morgado, 2024), por nombrar dos de las más comentadas, tendrían más que ver con el retrato de un largo estado de estupefacción política, incluyendo excesos discursivos por izquierda y derecha. Vivanco, sin embargo, en un momento en que todas las predicciones de la elección del domingo eran favorables al candidato de la derecha, presenta la película desde una posición marginal y minoritaria. A pesar del giro a la derecha en el discurso público y el tratamiento negativo general del Estallido en medios, La fuente tendría una excepcionalidad discursiva que algunas personas (aunque no sepamos quienes) se estarían esforzando por censurar.

  1. El complot imaginario

La fuente sigue a Luca Barella (Luis Gnecco), una versión ficticia de Carlo Siri, dueño de la Antigua Fuente y famoso defensor de su local durante el momento más álgido en el que la zona de Baquedano fue apodada mediáticamente como “zona cero”. Como Siri, Barella trabaja en el famoso lugar, practica artes marciales con espadas y se convierte en una especie de portavoz de los locatarios afectados por el sector. Si bien la película tiene como centro esta defensa de la propiedad por la que Siri se hizo famoso, se toma varias licencias poéticas permitidas por el cambio de nombre y los juegos de la ficción. Si el argumento y el afiche sugieren una estructura acuartelada a lo Carpenter o una película de zombies, curiosamente convive también un entramado familiar que adquiere casi la misma importancia que la trama política. Valeria (Paola Giannini), pareja de Barella, está teniendo un affaire con un colega, su padre necesita cada vez más cuidados por una enfermedad que avanza, su hija está resentida por la posibilidad de cancelar su futuro viaje de estudios a Europa por razones económicas.

Las casi dos horas que dura La fuente se diluyen, entonces, entre el conflicto de contingencia y los reveses íntimos de Barella. Existe un tono errático general entre esta trama de asedio político, cámara en mano y con juegos de luces, y este drama familiar, resuelto casi exclusivamente entre planos master y primeros planos. La película de Vivanco se ofrece como desafiantemente política (al punto de la prohibición, como sugeríamos antes), pero en realidad ofrece menos enunciados polémicos de lo que uno podría pensar, y sí bastante conflicto telenovelesco. Estas subtramas familiares ocupan la mayor parte de la duración de la película, a pesar de su menor grado de interés dramático y de su conservadurismo formal.

Sin embargo, hay un elemento político que sí sostiene las posibilidades de polémica discursiva prometidas en la promoción. Mirko (Roberto Farías) funciona como una especie de némesis de Barella, enemigo político circunstancial y enemigo personal por razones que no quedan del todo claras. El primer enfrentamiento entre los encapuchados y Barella incluye un plano que funciona a modo de giro narrativo, por un lado, e inscripción de una tesis política, por otro. Mientras los jóvenes a rostro cubierto golpean al locatario, vemos a Mirko a lo lejos dándoles instrucciones a través de una especie de walkie-talkie. “No le peguen tanto”, ordena, a lo que los jóvenes obedecen. En este pequeño gesto de thriller político, la narración se sostiene sobre la polémica tesis del Estallido como un evento organizado. Los atacantes, como vemos de a poco, no actúan motivados puramente por sus ideales, sino por un aparato organizado de izquierda.

Farías aparece caracterizado como una especie de agente CNI de izquierda, con los bigotes y gafas clásicas incluidas. A pesar de esta sugerencia de “policía política”, Mirko es también un errático vigilante que se presenta borracho cada tanto al local de Barella para investigar, en una primera secuencia, y para molestarlo y dar jugo, en apariciones posteriores. Podríamos pensar que, como en el modelo del thriller político, Mirko es solo la punta del iceberg de una organización que consigue que un sofisticado complot político parezca un evento espontáneo (como la propia palabra “estallido” sugiere). Sin embargo, este no es el modelo de Pakula en el que alguien tira de un hilo y empieza a descubrir una intrincada trama secreta. No sabemos para quien trabaja Mirko, no sabemos cómo y de qué manera tiene a un grupo de jóvenes a su disposición. Si Mirko es una especie de agente, además, no entendemos por qué se mete en la vida íntima de Barella y trabaja como si se tratara de una vendetta personal. Así como las tesis derechistas del “Estallido organizado” siempre han funcionado más por una discutible alusión al sentido común (“es obvio que algo de esta magnitud tuvo que ser orquestado”) que enseñando pruebas, Vivanco también confía todo el trabajo de verosimilitud política al espectador.

Esta incapacidad de armar un complot como tal también se traduce en términos cinematográficos. Vivanco tiene el ingenio de agregar material de archivo de las protestas, lo que permite a la película mostrar grandes aglomeraciones de gente y eventos “espectaculares” sin tener que producirlos. Es, que yo recuerde, la primera inscripción del archivo real del Estallido en una ficción. El problema es que estos planos de multitudes se intercalan con los planos que si produce la película: rostros de uno o dos encapuchados en contrapicado, encuadres cerrados y fondo siempre desenfocado. Ante las imposibilidades de producir visualmente un enfrentamiento callejero, Vivanco trata de ocultar la falta de extras y producción eliminando la profundidad de campo y tratando de crear una multitud a partir de una serie de primeros planos inestables. La debilidad de esta construcción, paradójicamente, anula parte de la sensación de realidad del archivo.

  1. La polémica imaginaria

La fuente, entonces, si tendría la posibilidad de armar controversias políticas en estas secuencias comandadas por el agente Mirko. Se podría pensar, tomando en cuenta la promoción antes descrita, que las reseñas y comentarios en torno a la película la habrían atacado por esta provocación discursiva. Para comprobar esto, es necesario revisar las reacciones que ha tenido la película hasta ahora. Si hacemos un breve muestrario de las críticas en una dicotomía a favor/en contra, veremos que la película ha cosechado no pocos comentarios de la primera categoría, algunos desde críticos con notoriedad (Ascanio Cavallo, Antonio Martínez, María Inés Sáez), utilizados como material de promoción en la cuenta de Instragram de la película. Sin embargo, más que los elogios, podría ser productivo observar los comentarios negativos para ver si son efectivos los reproches que el propio equipo de producción anticipaba. Vivanco ha dicho que la izquierda “ha hecho bolsa” la película, como era de esperar.

Cristian Briones (The Clinic) considera que la película tiene varias falencias y que su falta de sutileza entre buenos y malos la hace frustrante considerando que “el talento está”. Pero, más allá de su evaluación, propone no considerar demasiado los enunciados políticos: “Vamos a dejar de lado la evidente carga ideológica y contingente de “La fuente”, principalmente poque tampoco es nada del otro mundo. El cine tiene carga sociocultural como cualquier arte, le es inevitable”. Briones propone que el discurso político de La fuente no es particularmente potente. Además, sería una especie de añadido inevitable en una película y que, por lo tanto, no es parte esencial de su consideración. Dominga Morales (Butaca H10), por su parte, inicia su comentario en un panel de Turno (“¿Cine, propaganda o caricatura del Estallido? La POLÉMICA película de LA FUENTE”) declarando: “A mí me interesa analizar la obra por lo que es. Yo soy neutralmente política”. Si bien Morales se refiere en términos bastante negativos sobre La fuente, aclara que lo hace a partir de sus “resultados” cinematográficos (narración, puesta en escena, etc) y no desde lo que pueda o no decir, lo que no correspondería a las competencias de la crítica.

El crítico Juan Marín/Sinelfilo (El Mostrador), en cambio, sí declara su oposición política a las ideas de la película en su reseña en Letterboxd: “Me encuentro en las antípodas tanto ideológicas como estéticas del mensaje que esta película pretende transmitir y del público al que evidentemente busca interpelar”. Sin embargo, también aclara que la película le parece deficiente, “incluso dejando eso de lado”, misma expresión que utiliza Briones. Cita a El triunfo de la voluntad y El nacimiento de una nación como dos “hitos cinematográficos” reconocibles de posturas políticas con las que no comulga. Como Briones y Morales, el crítico aclara que sus problemas con la película son estéticos, no discursivos. A pesar de la promoción de “la película que no quieren que veas”, los comentaristas de estas no parecen tener grandes problemas con sus ideas, sino solamente con sus falencias técnicas y narrativas.

Si bien entiendo la voluntad de mis colegas de dejar en claro que no descartan la película de entrada, me parece discutible la facilidad con la que plantean que discurso y forma son dos elementos claramente divisibles, especialmente en un caso como este. Daney dice en algún texto que en una buena película lo que se cuenta y cómo se cuenta son lo mismo. Esto quizás sea todavía más cierto para películas fallidas. ¿Hay una división clara entre la incompetencia formal de La fuente y su discurso? ¿Podemos hacer el ejercicio de división imaginario entre forma y fondo? A mí parecer no. Al contrario, se trataría de dos líneas absolutamente cercanas y coherentes entre sí. Habría una simbiosis discursiva y formal en una película que toma como base una denuncia paranoica sin conseguir construirla narrativamente y sin poder dar con una forma política para mostrarla. En el primer plano y plano master como únicas opciones de encuadre, o en el misticismo orientalista de las ensoñaciones hiperdigitales de Gnecco, La fuente también está jugando sus ideas. A diferencia de mis colegas, no creo que que este la forma de la película, por un lado, y sus políticas, por otro.

 

  1. Poética de la incorrección

 

La fuente no es el primer intento de Vivanco por inscribir una película en una “batalla cultural” contra los discursos dominantes de la izquierda. El mal trato (2015) sigue a Ramiro (Ricardo Pinto), un profesor de matemáticas maltratado por partida doble por sus estudiantes y por su esposa. Su esposa, especialmente, empieza a escalar en formas de denigrarlo y maltratarlo con el objetivo de que este reaccione y la deje. Esta serie de vejaciones funciona a modo de olla a presión y concluye en un femicidio. Vivanco, cansado de que las historias de violencia intrafamiliar solo se cuenten “desde un lado”, plantea nuevamente una película que entrega una perspectiva incorrecta y acallada: “Nosotros a veces vemos el titular solamente, que puede ser muy terrible, pero nunca entendemos lo que pasó detrás de todo eso. La idea fue tratar de comprender los procesos que hay detrás de un femicidio o de una situación de violencia de una familia”.

Inquirido por los entrevistadores sobre su posible justificación del femicida, Vivanco sube la apuesta e insiste en la incorrección como método de indagación cinematográfica: “Por ejemplo –también es incorrecto—, pero decir, por ejemplo, qué pasa en el caso de los curas pedófilos; qué pasa cuando a lo mejor este cura es homosexual y hay un niño que lo jotea, que lo busca, tipo Lolita de Kubrick. Es decir, como sería en casos donde hay niños súper sexuales”. Durante toda la entrevista, Vivanco defiende la incorrección y el pensamiento a contracorriente como postura productiva, frente a la inmovilidad de la corrección política. Obviando la grosera malinterpretación de la novela y su atribución a Kubrick, no sería exagerado señalar que este afán de provocación podría dar pie fácilmente a justificaciones peligrosas…

En La fuente no son particularmente importantes las discusiones sobre los roles de género, aunque sí aparecen dos alusiones al feminismo durante la película. La primera, en el recorrido que hace la cámara por la habitación de la hija para caracterizarla como “octubrista” (en un solo plano está el pack completo: bandera mapuche, foto con inscripción de “con too si no pa ke” y un pañuelo verde). La segunda alusión aparece, de forma más disruptiva, en el discurso final de Mirko. El enemigo de Barella profiere un largo monólogo final en el que, con matices predictivos, hace claras referencias al futuro gobierno de Boric y a la traición hacia quienes fueron meras marionetas del Estallido. En medio de este exabrupto, Mirko dice “La revolución será feminista o no será”, para luego insultar la consigna y denunciar su hipocresía. La mención es curiosa considerando que, más allá del pañuelo de la hija al inicio, la película no tiene otras menciones al feminismo ni señala su lugar en el Estallido.

No es el único exabrupto hacia las mujeres en la película. En medio de una discusión de índole exclusivamente económico, Barella incrimina a su hermana por “meterse con puros hombres casados”. Esto se conecta, claro, con los mensajes y encuentros clandestinos que ya vimos tener a la esposa de Barella con su amante. Valeria además es alcohólica, adicción que incrementa su falta de empatía hacia los pesares de su pareja. Su hija, por su parte, tiene otro tipo de relación ilícita con uno de sus profesores de música, varios años mayor que ella. Ninguna de estas tres caracterizaciones (la mujer que busca casados, la infiel alcohólica, la feminista marihuanera e hipócrita) es particularmente relevante para el argumento de La fuente, pero nos puede dar luces de la caracterización de los personajes femeninos retratados por Vivanco. Barella es abandonado por partida doble: por el estado y por su familia. Pero, sobre todo, es abandonado por las mujeres que lo rodean.

 

  1. Mi país imaginario

La Avant premiere de La fuente se realizó el 16 de octubre de este año, intencionalmente a dos días del 18 de octubre. Gnecco ya sugirió en una entrevista que esta debió haber sido la fecha de estreno original de la película, para poder reabrir la discusión en torno al Estallido en su sexto aniversario. Sin embargo, la película se estrenó el 4 de diciembre. Esta fecha, aparentemente menos contingente, en cambio, anticipa elección de la Segunda vuelta presidencial en una semana y media. No se pueden leer estos signos de manera inocente ni pensar que habría una lectura posible de una película como La fuente en que la política sea una especie de paratexto. Como cantaba Gal Costa en los 60, es momento de tener los ojos firmes.

 

Dirección: Daniel Vivanco. Escritura: Daniel Vivanco. Elenco: Luis Gnecco, Patricio Achurra, Roberto Farías, Paola Giannini. Producción: Daniel Vivanco. Composición: Sebastián Errázuriz. Dirección de fotografía: Diego Estay. Edición: Daniel Vivanco. Diseño de Producción: Kena Goldenberg. Diseño de vestuario: Constanza Rojas. Duración: 117 min.