Este cambio de ruta transforma el documental en un retrato noble y subversivo, del cual surge un diálogo horizontal donde es la propia machi quien indaga en las vivencias de la cineasta. Así, la película se convierte en un intercambio en el que Marcelina emerge como una figura resiliente y profundamente comprometida con su labor de sanación. A diferencia de aproximaciones que retratan la cultura mapuche como algo estático o arcano, o como un objeto de museo presto a ser mercantilizado, Gallardo nos sitúa en un presente en el que esta cosmovisión se presenta como una fuente de conocimiento crítico ante el colonialismo y el patriarcado.









