Cartas a mis padres muertos: Notas para una memoria

Envuelto en secuencias que interrumpen diálogos, aparentes divagaciones desde la ventana de su casa o cómo poner punto final a reflexiones que parecieran nunca detenerse, don Ignacio pone atención a la distancia entre filmar la memoria y la plasticidad del medio que la contiene. No por nada, en una de las frases más lúcidas del documental, lo escuchamos decir “cuando el cuerpo deja de estar, se convierte en imagen”.

 

Al abordar los vaivenes del montaje dentro de su más que recomendable libro Making Movies, el director Sidney Lumet plantea lo personal que termina siendo el acto de montar una película. Fuera del barullo propio de las filmaciones, la sala de edición permite que se decante una conexión, inusitada a veces, sugerente en otras, pero que termina revelando un tercer elemento a partir de dos imágenes consecutivas. Generar un ejercicio personal y aislado a la hora de montar, junto con la posibilidad de planificar el detalle de los pasos del montaje previo al inicio de la filmación, son elementos indispensables para lo que Lumet define como la necesidad de calma y espacio en el proceso de montaje. Lo primero bien podría aplicar para toda una corriente subterránea en la obra de Ignacio Agüero; lo segundo, como se verá más adelante, es parte fundamental de una planificación en base al acto de recordar y que se ha ido trabajando con mayor atención en las últimas películas de don Ignacio. Cartas a mis padres muertos, su más reciente ensayo documental, se plantea como un nuevo ejercicio que recorre inquietudes que han caracterizado sus trabajos previos, como sucede con la tensión propia del acto de filmar y montar recuerdos personales y colectivos.

La posibilidad de conversar con Marcos Medina, antiguo dirigente sindical de Madeco, fábrica en la que el padre de Agüero trabajó por más de 25 años, permite situar el aspecto político de los recuerdos que el documental intenta evocar. Con el señor Medina, casi un protagonista por la extensión de sus testimonios, podemos rememorar todo ese pasado obrero afiatado en una mancomunidad que iba más allá de los límites de la fábrica; toda una forma de hacer carne lo que el padre de don Ignacio, quien falleció a mediados de 1970, le transmitió en aquellos álgidos años de nuestra historia. Entrelazado con esas secuencias, el repaso de una serie de videos caseros familiares, en las que conocemos a sus tías bajo la dirección en cámara de su padre, junto a otras grabaciones que nos muestran un Santiago de décadas pasadas, son parte de una propuesta por reconstruir una cotidianidad truncada por el tiempo, pero que no deja de entrever una subjetividad de un Chile de antaño.

Esta combinación de lo político-colectivo y lo personal-familiar se hilvana a partir de un  montaje dictado por lo preciso e impredecible del acto de recordar. Este oxímoron de lo preciso e impredecible también se configura en la mirada hacia el patio de su casa familiar o hacia las nubes, en bellas secuencias en la que Agüero menciona que allá va su padre, por allá su madre y más allá Pedro Infante, amigo y detenido desaparecido. Como si fuese un motivo subterráneo en su obra tardía, la casa como bastión ante el paso del tiempo -algo que ya se había abordado en otros documentales como El otro día (2012) o Nunca subí el Provincia (2019)-, permite abordar lo transitorio de la memoria situada a los lugares. En una serie de diálogos entre sueños que don Ignacio tiene con sus padres, al observar distintas partes de la casa familiar, lo epistolar se encarna en cada una de las tomas de lugares antes habitados por quienes ya no están. Esa rememoración de lo familiar como punto de fuga de los recuerdos, dentro de todo un relato marcado por los efectos político sociales del golpe cívico militar, sitúan al hogar como un bastión ante lo inclemente del transcurrir temporal.

Las formas de habitar un Santiago inserto entre una nostalgia acelerada y las contradicciones actuales son el vínculo entre los recuerdos de su padre y las reflexiones de Agüero sobre el presente. A medida que avanzan las cartas postales, la imagen detenida en el tiempo de toda una cultura obrera entra en debate con secuencias de un andar contemporáneo sin claridad. Como si Agüero hablase con algo de decepción, el presente queda en puntos suspensivos, depositario de preguntas sin respuesta que han dejado otras obras del director. Así, la percepción de un pasado inserto en otros documentales, como es el caso de No olvidar (1982) y todo el arrastre que tuvieron los crímenes rurales de la dictadura, es una herida que permea la actualidad y que no deja de aparecer en diversos momentos del metraje.

Esta tensión entre heridas del pasado e incertidumbres actuales tiene su correlato en las reflexiones formales que Agüero ha desarrollado sobre el proceso mismo de filmar. Tal como en Notas para una película (2022), el elocuente título de su anterior largometraje -el cual también podemos repasar como un extracto de una carta-, el formato epistolar le permite a Agüero cortes y locuciones algo lúdicas sobre hacer sentido narrando con palabras e imágenes. Envuelto en secuencias que interrumpen diálogos, aparentes divagaciones desde la ventana de su casa o cómo poner punto final a reflexiones que parecieran nunca detenerse, don Ignacio pone atención a la distancia entre filmar la memoria y la plasticidad del medio que la contiene. No por nada, en una de las frases más lúcidas del documental, lo escuchamos decir “cuando el cuerpo deja de estar, se convierte en imagen”.

Una película de estilo tardío como esta, con todo el repaso de las inquietudes que han guiado el trabajo de Agüero, también termina siendo un referente de una tendencia actual en el cine chileno. Con su foco en la memoria, es parte de un grupo de documentales preocupados por responder aquellas preguntas inconclusas sobre la memoria y sus ramificaciones en historias personales y familiares, a la vez que sostiene otro foco, de reconocimiento internacional, conseguido en su paso por festivales, siendo parte de aquellas películas nacionales con alta valoración fuera de tierras chilenas. Este último punto deja abierto el debate sobre cómo generar mejores estrategias para que un documental como este deje de ser más un producto de exportación que de difusión interna.

A partir de la mezcla de recuerdos familiares, grabaciones caseras y capturar lo efímero de lo que le rodea, con estas cartas a sus padres muertos Ignacio Agüero continúa en la senda de tensionar un álbum de fotos familiar con el trasfondo de lo irresoluto de la memoria. Ante esa tensión, la imagen sin un correlato definitivo en palabras, tal como se lo dicen sus padres en uno de los sueños que narra, deja abierta la pregunta para futuras cartas audiovisuales.

Dirección: Ignacio Agüero. Investigación: Claudia Araneda. Casa productora: Ignacio Agüero & Asociado. Producción: Ignacio Agüero, Tehani Staiger. Fotografía: Claudio Aguilar, David Bravo, Ignacio Agüero. Montaje: Claudio Aguilar, Ignacio Agüero. Sonido: Marcos Salazar. Año: 2025. Duración: 106 minutos.