Mil Pedazos: lo que deja el duelo
A partir de ahí, la película toma dos caminos: el de él, que no quiere ser encontrado porque ya se perdió para siempre en el momento del accidente; y el de ella, que despierta tres meses después y emprende una búsqueda incansable, intuitiva, física y urgente -como hace toda mujer que busca-. Él queda marcado por el trauma y, probablemente, la culpa. Ella representa algo que es tan simple como complejo: la necesidad de llorar en los restos, de ir al cuerpo.
La búsqueda de los restos de nuestra gente es una narrativa que nos ronda de manera constante. Es el caso, por ejemplo, de Nostalgia de la luz (2010) de Patricio Guzmán, donde el desierto chileno se vuelve un campo abierto en el que las mujeres buscan los restos de sus familias. Mil pedazos ingresa en estos temas con una historia basada en hechos reales, en este caso se trata de una madre que busca a su familia, especialmente a su hija, y aunque se trata de una historia que podría ser contada en pocas frases en esta cinta logra que funcione a lo largo de sus 90 minutos de duración. Las actuaciones de Paola Giannini, Daniel Muñoz y Emilia Rodríguez logran hacernos entrar en su mundo privado, con sus rugosidades y cotidianeidad, bajo un telón de fondo árido y feroz como es el desierto en Coquimbo, cuya inmensidad, sus montañas y sol inclemente logran expresar la desesperación de lo que no se divisa.
La introducción es implacable. Vemos la preparación de un viaje que se anuncia difuso: ceños fruncidos, dudas, una cierta tensión pero a Emilia, la hija, entusiasmada. Miguel -el papá-, Isabel -la mamá- y Emilia, salen de vacaciones al desierto. A poco andar tienen un accidente, cuya representación es estridente, brutal y definitiva. El auto queda destruido en mil pedazos. Isabel queda inconsciente. Miguel sobrevive cargando el cuerpo inerte de su hija.
A partir de ahí, la película toma dos caminos: el de él, que no quiere ser encontrado porque ya se perdió para siempre en el momento del accidente; y el de ella, que despierta tres meses después y emprende una búsqueda incansable, intuitiva, física y urgente -como hace toda mujer que busca-. Él queda marcado por el trauma y, probablemente, la culpa. Ella representa algo que es tan simple como complejo: la necesidad de llorar en los restos, de ir al cuerpo.
¿Cuánto de esto es cine y cuánto son hechos reales? ¿dónde están los bordes? Sergio Castro San Martín trabaja con una base verdadera y eso se siente, pero también hace que uno se pregunte qué fue construido y qué simplemente ocurrió. Es una incomodidad productiva para el visionado de Mil pedazos. Esto se disipa en tres dispositivos: el registro, el oído y la luz.

Miguel le regala una cámara a Emilia justo antes de partir al viaje. Ella graba todo desde el comienzo y registró incluso el momento del accidente. Es un elemento impactante —la idea de que existe un registro, que el dolor tiene imagen, que el instante exacto quedó capturado en alguna parte— pero la película lo deja ahí. Uno espera que ese material vuelva, que cobre protagonismo y no es así. Lo que deja la cámara son registros casuales que, más tarde, destruyen a Isabel. El duelo de un hijo es imposible y su narración difícil. Logramos vislumbrar algo de eso cuando Isabel ve los registros de Emilia y no puede dejar de llorar. Me pregunto si los registros ayudan o son solo amplificadores de la pena.
Isabel debe quitarse su audífono para poder gritar. Por momentos puede desaparecer del mundo dejando de oír. Ese vacío auditivo aparece como un descanso, una pausa de toda la tragedia, y también la desaparición. El oído sigue funcionando después de la muerte, es lo último en apagarse, dice Miguel. Lo último que aparece al morir, entonces, es el silencio. Y así parece representarse la vida después de la muerte de una hija. Lo indecible no se escucha y la madre se representa como esta dualidad entre oír y no oír. Estar y no estar en el mundo. Creo que así debe quedar una madre al perder a una hija, estando y no estando en el mundo. Habitando el silencio de la muerte con la capacidad de volver a escuchar selectivamente.
Y la luz. Una vez que Emilia muere aparece la luz. Alucinaciones lumínicas en medio del desierto, como el espíritu de la niña. En una roca a la orilla del río, en el árbol cuyo lecho abraza su cuerpo. Metáfora de alma o del recuerdo. La sepultura ocurre mientras el sol va desapareciendo detrás de la montaña. Termina cuando ya se escondió del todo. Y esa luz que vuelve a aparecer desde la tierra es ella: su presencia persistente, su recuerdo que no se apaga y enloquece a su papá. Isabel dio a luz allí en medio del desierto, Emilia nació donde volvió a morir, a apagarse de pronto, dejando atrás a sus padres en Mil pedazos.
Porque nadie desaparece del todo, porque el cuerpo siempre está en alguna parte, Isabel busca y -tras perder la esperanza - encuentra. Pero lo que encuentra está perdido: Emilia perdió la vida, Miguel perdió el rumbo. Con todo perdido, y en todo lo que no se alcanzó a registrar, en lo que no se escucha más y en lo que ya no brilla... ahí es donde al fin logra llorar.
Mil pedazos es un drama sencillo y trágico donde el baile entre cine y hechos reales se completa logrado y resulta, en mi opinión, una buena película, con advertencia de sufrimiento en el camino. Es interesante cómo la película toca algunas teclas propias de nuestra historia política sin tratarse de ello para nada, pero logra mantenerse conectada cada minuto con su drama trágico, sin soltar la angustia que produce, que es a su vez desesperación y resignación. Intercalando planos cerrados de los rostros de sus personajes y las tomas de la niña con su cámara, con planos abiertos del desierto, las montañas y puestas de sol, se entreteje lo inmenso con lo que parece pequeño: la relación de una familia, sus subjetividades, sus emociones, sus miedos, su pena. Las actuaciones de sus protagonistas son el punto más alto de la película, sus expresiones, sus miradas perdidas en el desierto.
Año: 2025. País: Chile – España – Argentina. Dirección: Sergio Castro-San Martín. Guion: Sergio Castro-San Martín, Mara Pescio. Producción: Latente Films. Casas productoras: Latente Films, Amore Cine, Maluta Films, Panes Contenidos, Bikini Films, Inaudita. Elenco: Daniel Muñoz, Paola Giannini, Emilia Rodríguez, Francisco Pérez-Bannen. Fotografía: Eduardo Bunster (ACC). Dirección de arte: Polín Garbisu. Vestuario: Claudia Robles. Diseño de sonido: Xabier Erkizia, Sergio Castro-San Martín. Edición: Victoria Lammers, Sergio Castro-San Martín, Camilo Corbeaux. Distribuye: Market Chile
