Cuerpo Celeste: Lo que queda del padre muerto
Si bien Cuerpo celeste es fiel a su recorrido junto a su protagonista y logra entretejer el relato de la adolescencia como un relato familiar y dolido, de pronto siente la necesidad de hacer justicia al Chile de fondo, y no queda tan claro por qué los desaparecidos vuelven, salvo por todo lo que el padre es capaz de abrir en su propia ausencia.
Celeste (Helen Mrugalski) es una adolescente de 15 años que acaba de ver morir a su padre. En medio de unas vacaciones en una playa junto al desierto de Atacama, su ya instalada adolescencia se impacta por la muerte y la crisis emocional que este hecho le supone a su madre. Mientras tanto, la dictadura termina en Chile y el filme se anota entre el fin de Pinochet en el mando y los primeros días de la transición.
Cuerpo celeste comienza con la imagen de tres jóvenes corriendo hacia el mar: Jano (Nicolás Contreras), Celeste y Simón (Clemente Rodríguez), todos ellos disfrutan del mar y de lo inmenso del desierto en una acampada familiar que pronto podrá dará cuenta del argumento del filme: Celeste está creciendo, interesándose en los hombres y descubriendo el paisaje junto a su familia en un Chile que se cuela de a poco a través de la música, un año nuevo con el último discurso del dictador, y las huellas de los cuerpos desaparecidos.
La muerte del padre supone un desorden, una flecha que se cruza en la vida de Consuelo (Daniela Ramírez), la madre, y Celeste, la hija. Ambas procesan como pueden las vacaciones quebradas por una muerte que no avisa. La madre necesita tomar distancia y deja a Celeste con su tía Ana (Mariana Loyola), el soporte emocional en tiempos totalmente inciertos. “Me abandonó”, replica Celeste, ante el hecho de que la madre no puede sostener el tener que lidiar con ella y con una casa que debe ser vendida. El padre (Néstor Cantillana) cumplía un lugar crucial para Celeste, fue cómplice, compañero de juegos y un arqueólogo que la llevó a descubrir fósiles mientras le enseña a manejar su camioneta, siempre por la huella de los autos y nunca en medio de lo que el polvo y la arena esconden en el desierto.

Celeste lleva su ritmo adolescente. Su exploración y su tristeza se vuelven erráticas, a ratos caóticas o felices. El riesgo y el interés amoroso se expresan en su relación con Jano, el hijo de un pescador que es el primer interés sexual de la protagonista. Ambos pasean, sin permiso, en bote por el medio del mar, y experimentan el momento previo a un beso con dulzura y complicidad. Desde un inicio, Celeste se ve envuelta en la capacidad de Jano de mostrarse resuelto, más grande y con la capacidad de llamar su atención. Ambos transmiten en medio del desierto, la dulzura suficiente para ver más de cerca en medio de los planos abiertos al desierto completo.
Alonso, el padre, era también un fotógrafo. Entre medio de la búsqueda de restos retrataba los lugares marcados como posibles espacios que esconden secretos. Celeste tras su muerte toma su cámara y su chaqueta y la lleva consigo durante todas las escenas que siguen. Se arropa de él y decide a través de esa cámara mirar el pasado y los restos de las vacaciones que terminaron abruptamente. Mientras tanto, cada paso que la protagonista se excede o se parece a aquello que hace un adolescente en medio de su pasar de los años: no obedece, no siente el peligro y en memoria de su padre camina por los lugares en que él caminó, entremezclando este deambular con su interés amoroso en Jano, su complicidad con Simón y un eclipse pronto a suceder.
Celeste tuvo su primer beso con Jano. Un beso interrumpido por otra joven, que de un golpe saca a la protagonista de escena, la disminuye con la cámara en picado sobre ella. El mundo pega fuerte y Celeste debe aprender que ya no hay protección paterna que salve de lo duro y árido del paisaje interno del desierto. El amor frustrado es un pasaje necesario de la adolescencia, aquello que se sostuvo bajo la ilusión del primer amor, cae en el momento en que debe enfrentarse al primer rechazo, una pérdida de objeto.
Una de las escenas más duras ocurre cuando Celeste roba la camioneta familiar. La protagonista la toma luego de que su madre decidiera dejarla en casa para que no pudiera acercarse al pueblo. Manejando por las huellas y nunca en medio del desierto llega hasta la playa, haciendo sola el recorrido que antes era guiado por Alonso. Cuando Celeste vuelve a casa encuentra a su madre totalmente sobrepasada con su salida que duró una noche completa, la toma fuertemente y la moja con una manguera, en una escena en que el nudo de la relación entre ellas es explícito. Ambas no pueden procesar de otro modo la angustia y la fractura de la pérdida y de su relación.
Pero las fotos de la cámara del padre esperan por revelarse. Un rollo quedó en el bolsillo de su chaqueta y Celeste lo lleva en su mano. Son casi todas imágenes de las vacaciones familiares, aunque también guardan un registro enigmático: cintas rojas que marcan hallazgos que Celeste no entiende, que se le niegan como significado hasta que Gerardo (Erto Pantoja), también arqueólogo junto a Consuelo y Alonso, le cuenta que juntos buscan restos de detenidos desaparecidos. Celeste vuelve a crecer en esta revelación y entiende por qué en el desierto no se pisa cualquier lugar ni se recoge cualquier fósil.
Si bien Cuerpo celeste es fiel a su recorrido junto a su protagonista y logra entretejer el relato de la adolescencia como un relato familiar y dolido, de pronto siente la necesidad de hacer justicia al Chile de fondo, y no queda tan claro por qué los desaparecidos vuelven, salvo por todo lo que el padre es capaz de abrir en su propia ausencia. Pero, igualmente, esta lectura no logra ser totalmente orgánica con el tono de quiebre del filme, con el ánimo que da la muerte. Los desaparecidos aparecen y los arqueólogos cumplen un rol fundamental, tal como el que tuvieron en sus exploraciones en el norte de Chile, Pisagua aparece en la retina, y el desierto y la historia devuelven algo de justicia, algo para Chile, pero no tanto a la fractura de Celeste que sigue intentando dialogar con toda huella que ha quedado del padre.
Será acaso que Cuerpo celeste no quiere anudar la búsqueda de su protagonista que, hacia el final, conversa con su padre en medio del eclipse, y se da cuenta de que allí donde el habita muerto no hay nada, una nada que abre el camino para trazar toda una vida o para apagarla. La muerte no se deja anudar, ni siquiera cuando se encuentran restos, el duelo allí solo comienza, no se acaba. Será por eso, tal vez, que en la última escena del filme Celeste corre por el desierto y se pierde, tal vez hacia la nada, tal vez en la huella del padre o tras sus propias huellas.
Dirección: Nayra Ilic García . Duración: 97 min. Guion: Nayra Ilic García. Fotografía: Sergio Armstrong. Edición: Valentina Hernández. Sonido: Roberto Espinoza. Música: David Tarantino. Producción: Fernando Bascuñán y Úrsula Budnik. Intérpretes: Helen Mrugalski, Daniela Ramírez, Néstor Cantillana, Mariana Loyola, Nicolás, Contreras, Clemente Rodríguez. País: Chile, Italia. Distribuye: Storyboard Media

