La misteriosa mirada del flamenco: sentido de comunidad

La misteriosa mirada del flamenco es una película híbrida, tanto en su narrativa como en su estética y su lenguaje. Es un western que encuentra una belleza particular en la hostilidad de un pueblo árido y relegado. Es también un coming-of-age, un melodrama y una fábula con toques de realismo mágico. Pero es, sobre todo, una película sobre hacer comunidad

Hay una escena al comienzo de La misteriosa mirada del flamenco que viene a ser un manifiesto sobre el punto de vista que Diego Céspedes busca imprimir sobre el relato y los personajes de su ópera prima. Cinco mujeres travestis cruzan el desierto vestidas con bikini, lentes de sol y sombreros, junto a Lidia, una niña de once años e hija de una de ellas. “Al maricón no hay que mirar”, dicen los hombres que se cruzan en el camino. Llegan a una laguna de agua turbia donde descansan, ríen y se bañan esperando la llegada de los invasores: un grupo de adolescentes que suelen acosar a la niña con insultos sobre su familia. Cuando aparecen, todas se levantan al mismo tiempo. Se enfrentan a ellos, los sujetan con fuerza y los reducen hasta expulsarlos.

La misteriosa mirada del flamenco es una película híbrida, tanto en su narrativa como en su estética y su lenguaje. Es un western que encuentra una belleza particular en la hostilidad de un pueblo árido y relegado. Es también un coming-of-age, un melodrama y una fábula con toques de realismo mágico. Pero es, sobre todo, una película sobre hacer comunidad. Una comunidad que se articula a través de esta familia queer escogida y su sentido colectivo al habitar, resistir y defender lo que han construido.

La combinación de géneros podría desconcertar, pero la propuesta funciona, precisamente, por situar lo comunitario como centro del relato —más que el arco de un solo personaje—, lo que permite transitar en los diferentes estados que propone el filme, aunque algunos resulten más orgánicos que otros. Uno de los mayores aciertos reside en profundizar en este grupo a través de su cotidianidad: sus dinámicas, vínculos y luchas desde su punto de vista. La cantina —la casa que comparte esta familia— juega un rol importante en esa mirada. Es un lugar de refugio, de trabajo y de celebración, donde hacen espectáculos y cantan a Rocío Dúrcal; pero también de deterioro y de exclusión.

Diego Céspedes nutre ese espacio de una dualidad que se mueve entre el humor ——pone en valor los códigos y el lenguaje del transformismo chileno— y los dolores que enfrentan los personajes de esta historia, porque La misteriosa mirada del flamenco también habla sobre el impacto del VIH a comienzos de los 80. A las travestis las acusan en el pueblo de propagar “la peste” a través de sus ojos, mientras Lidia, desde la duda y la ingenuidad de sus últimos años de infancia, se pregunta qué le pasa a su familia y si acaso mueren solo por enamorarse. Con esta fábula desprejuiciada y luminosa, aunque no menos cruda, la película ganó la sección Un Certain Regard en Cannes, en un año en que también se presentaron otras miradas sobre el VIH con los nuevos trabajos de Carla Simón (Romería) y Julia Ducournau (Alpha).

En La misteriosa mirada del flamenco, la configuración del relato plantea otras dos dimensiones especialmente significativas. La primera es que, a lo largo del filme y tal como en la escena del comienzo, se dota a los personajes de acción y agencia. “¿Voh creí que a mí y a mis cabras se nos van a aconchar los meaos con una pistola? ¡Somos travestis!”, dice Mamá Boa, el rol interpretado por Paula Dinamarca. Hay una decisión política en establecer que la comunidad es más fuerte que el rechazo y el invasor. Aquí, las travestis no vienen a pedir permiso: habitan con poderío y encanto el terreno que han conquistado. Incluso se imponen a los que intentan encerrarlas y esconderlas —los mineros del pueblo—, aun cuando no escapan a las lógicas de violencia y los crímenes de odio.

Céspedes también traza una mirada más esperanzadora de la masculinidad: la de otra vida posible en la que algunos hombres exploran capas de vulnerabilidad y donde ese mundo convencional, que primero se resiste, puede llegar a coexistir y vincularse con el de las chicas de la cantina. Aunque hay secuencias que cautivan, se abre aquí una línea discursiva que no llega a profundizarse lo suficiente para comprender del todo esas transformaciones.

Una segunda lectura que se desprende del relato es que todos los personajes comparten una misma condición marginal: la de vivir en un pueblo relegado del norte de Chile en uno de los años más críticos de la dictadura. Es interesante que no aparezcan otras estructuras jerárquicas de poder, como jefes o autoridades, que bien podrían circundar ese espacio. Pero, aunque puedan parecer aislados, el sistema emerge como trasfondo con toda su fuerza arrebatadora: en la falta de acceso a la salud, a la justicia o a la educación formal. La exclusión es tal que consideran el VIH como una “peste” interna que afecta solo a esta comunidad minera y que se enfrenta extinguiendo con fuego los cuerpos muertos.

Finalmente, La misteriosa mirada del flamenco tiene un valor más allá de la obra, el de habilitar un espacio de representación que no suelen tener las travestis en el cine chileno: desde el anonimato a acceder a circuitos formales como Cannes o convocar 20 mil espectadores a las salas. Céspedes construye personajes que tienen algo que decir y que lo hacen desde su propio lugar, a diferencia de otras películas donde los roles LGTBIQ+ —protagonistas o no— han funcionado más como vehículos narrativos o han sido abordados desde dimensiones más superficiales. Hoy, además, en un momento en que las minorías vuelven a ser cuestionadas en este país, ese sentido de comunidad resuena con más fuerza.

Director: Diego Céspedes. Guion: Diego Céspedes. Elenco: Tamara Cortés, Paula Dinamarca, Matías Catalán, Bruna Ramírez, Sirena González, Alexa Quijano, Pedro Muñoz, Luis Dubó, Claudia Cabezas. Música: Florencia Di Concilio. Fotografía: Angello Faccini. Duración: 110 minutos. País: Chile, Francia, España, Alemania, Bélgica.