Todos los males: cuando la oscuridad no alcanza

Porque debemos ser justos en que la propuesta estética ayuda mucho a generar ese estado completo, un tratamiento audiovisual en consonancia con lo que se quiere generar en el espectador, pero que no logra cuajar en la narrativa de la película. Y es que a mí parecer es la falta de orquestación con un punto de vista más punzante y arriesgado del director el que hubiera dado una potencia mayor a la obra.  

Cuando las líneas entre lo humano y lo bestial se desdibujan, aparecen perversiones que afloran desde lo más recóndito de la mente. Esas líneas argumentales de la psique son arrastradas por estructuras conductuales como parte de un contexto socio-político, o en menor escala, de una estructura familiar. Esta idea central es la que nos presenta Todos los males, película recién estrenada de Nicolás Postiglione, quien vuelve después de haber estrenado en 2021 su anterior thriller Inmersión. Ambas películas se adentran en las tensiones entre grupos sociales, en las diferencias de clase y en el racismo estructural. En este caso nos adentramos en el año 1957, en la vida de Daniel de 13 años, quien es abandonado en la casa de sus tíos pertenecientes a una comunidad alemana del sur de Chile. En el lugar, las mentiras y la violencia son destapadas en un ambiente de secretismos que ponen constantemente en peligro a Daniel y a su nueva amiga, hija del peón de la granja.

La película avanza lentamente en un ambiente aprisionado, donde el thriller se explora en un intento constante de encerrar al público en la oscuridad que guarda la familia. El guión basado en la novela de Alejandro Sieveking, Bella cosa mortal, revisa las tensiones entre una familia poderosa del campo chileno entretejido con la realidad de sus trabajadores, pero además con el olvido de sus niñeces: adolescentes que se guían por sus tentaciones.

A nivel narrativo vamos entendiendo de a poco el contexto familiar, una rutina que encierra diversos escenarios que contextualizan la crueldad de sus integrantes, tanto en el abuso de tipo sexual como en el fetichismo por el dolor y la muerte ajena. Como cuadros en que podemos apreciar las dinámicas de una familia que vive en la dualidad de lo religioso y lo perverso, acompañamos a Daniel en este descubrimiento, pero sin llegar a una profundidad real del personaje y del entorno que lo rodea. La tensión es clara: la música permanece casi en el total de la película, siempre realzando esa frágil calma que una pequeña aguja puede romper. Pero en esa búsqueda quedamos con sabor a poco, en una narrativa que prepara para un clímax que demora en llegar y que, además, cambia el rumbo de la narrativa a más de una hora de película, sin una construcción realmente sólida.

Esta es una familia dentro de ese contexto, que respeta los códigos de esa comunidad (chilena-alemana), pero que los distorsiona y los lleva para otros lados” dijo recientemente en una entrevista Postiglione sobre el contexto que da vida a su película. Para bien del director, esto podría ser una salvaguardas a una posible queja de una comunidad entera, sin embargo pareciera ser mala decisión en términos artísticos. Es un poco inocente pensar que no existe una conexión visible entre las estructuras de poder abusivas y un contexto cultural que permite esas prácticas. Queda a medias la posibilidad de un análisis y representación más prolífica, más acuciosa de cómo son llevados los personajes a ser lo que son, como todo confluye en sus actos más terroríficos por lo que a mí parecer se perdieron muchas oportunidades de explorar más ese mundo en un entorno que propicia la intriga y el thriller como género. Porque debemos ser justos en que la propuesta estética ayuda mucho a generar ese estado completo, un tratamiento audiovisual en consonancia con lo que se quiere generar en el espectador, pero que no logra cuajar en la narrativa de la película. Y es que a mí parecer es la falta de orquestación con un punto de vista más punzante y arriesgado del director el que hubiera dado una potencia mayor a la obra.

Acá me surge la duda con algo que está ocurriendo en otras películas que han salido últimamente en cartelera, y es que ¿de qué sirve aferrarse a un género cuando las posibilidades pueden ser mucho más amplias?. Porque claro, en términos de distribución y de exportación internacional de nuestra industria, es probable que sea mucho más atractivo el género como base de creación, pero ¿y la sustancia? La curiosidad por explorar entornos violentos, de tratar temas sobre “clases sociales” y “tensiones sociales”, queda netamente en eso, en lo curioso. Y no creo que sea necesario generar una declaración en cada película, pero sí ser consistentes con la historia que se quiere contar en todos los niveles, porque cuando el trasfondo queda cojo, la belleza de las propuestas estéticas comienzan a caer y nos son entregados cuadros pictóricos estáticos.

Año:2026. Duración: 97 min. Dirección: Nicolás Postiglione. Guión: Paola Campos, Bernardita Olmedo, Nicolás Postiglione. Reparto: Catrin Striebeck, Fernanda Finsterbusch, Tilo Werner. Fotografía: Benjamín Echazarreta. Música:Paulo Gallo. Distribuye: Storyboard Media