Amora: Tiempo suspendido
Con un elusivo guion, los conflictos encapsulados que nos entrega su directora Valentina Opazo se generan por medio de fantasías en la que cada una proyecta el deseo hacia la otra o el acto de grabar como punto de fuga al recuerdo de un espacio más abierto. A medida que vamos avanzando en círculos en el mismo día, la película va dándole protagonismo a una incertidumbre temporal que comienza en las protagonistas y que poco a poco va traspasándose al espectador.
¿Cómo entender las consecuencias que tuvo en nuestra percepción del tiempo los años pandémicos? Rutinas que se repetían día tras día, escenarios que parecían no variar más que en la sensación de un par de detalles. Dentro de un espacio delimitado, un sentir colectivo sobre algo suspendido se planteó como una constante que tiene impensadas repercusiones hasta hoy. Pensar los espacios y sus límites, la duración del tiempo y sus enredos: estos aspectos se vienen a la hora de reconstruir la memoria pandémica. La monotonía en tiempo y en espacio, como catalizador de la manera de habitar que ocupó la mayor parte del tiempo de aquellos años pandémicos, abre la posibilidad a una seria de perspectivas para su retrato.
Una mezcla de historias que ocurren en una habitación y que ponen en tensión dinámicas personales, un género de películas que juegan con lo íntimo y claustrofóbico, como uno podría decir sobre Rope (Hitchcock, 1948) o En la Cama (Matias Bize, 2005); y aquellas sobre un evento que está ahí afuera y que nos puede afectar, con toda la tradición del suspenso de películas de catástrofes. Las películas que aborden la pandemia, más allá un saturado enfoque visto en otros formatos audiovisuales, tienen todo un bagaje para construir delimitaciones espaciales y confusión temporal como elementos cinematográficos que pueden caracterizar una incomodidad en pocos metros cuadrados.
Esta impresión algo difícil de describir pero que todo aquel que recuerda la pandemia lo puede identificar de una forma u otra es una sensación que cubre gran parte de Amora, película parte de FemCine 2026. Sin hacer alusión directa a los hechos noticiosos de la pandemia, pero utilizando los códigos visuales que la caracterizaron, la historia de Isa y Nina dentro de un departamento es caldo de cultivo para adentrarse en su dinámica como pareja. Con un elusivo guion, los conflictos encapsulados que nos entrega su directora Valentina Opazo se generan por medio de fantasías en la que cada una proyecta el deseo hacia la otra o el acto de grabar como punto de fuga al recuerdo de un espacio más abierto. A medida que vamos avanzando en círculos en el mismo día, la película va dándole protagonismo a una incertidumbre temporal que comienza en las protagonistas y que poco a poco va traspasándose al espectador.
Una película basada en la complicidad de su pareja protagonista, conformada por Gianinna Fruttero (quien es co-guionista junto a Opazo) y Javiera Belem, Amora pone énfasis en el collage temporal que se refleja en un montaje que da vida a diversos cambios de estados de ánimo. Con un fuera de campo que recalca lo vacío de la ciudad, lo encapsulado del espacio provoca la desorientación que se busca tanto por la pérdida de referencia exterior por la pandemia, como el cansancio de un tiempo en pareja que cataliza un choque de personalidades que juegan a apoyarse en el vacío. A partir de un encuadre que resalte lo limitado del espacio y un montaje que recalca lo repetitivo de las dinámicas, hay algo en Amora que busca la desorientación entre los personajes, su tiempo y su entorno.
La intimidad, ese aspecto tan esquivo dentro del cine chileno, acá ve su ejecución enclaustrada a un espacio que repite una rutina que colapsa sobre sí misma. Como si fuese una de las consecuencias más directas en el agotamiento relacional, el desglose del tiempo, algo que la película deja en claro no solo con repeticiones de acciones sino con movimientos de cámara similares para ambas protagonistas, pone en evidencia una intimidad suspendida. En un conflicto que va creciendo, Isa y Nina terminan encontrándose una frente a otra en una discusión que se beneficia por actuaciones que no titubean.

Esta intimidad suspendida a partir de la incertidumbre temporal es parte del doble filo de la película. La aparente confusión que la envuelve termina siendo parte de un escenario en el que la misma pareja termina habitando lugares diferentes. En tanto, cuando lo empantanado del montaje entorpece la perspectiva de Isa o Nina, un manto de frialdad cubre la película. Tal vez como un componente del tiempo dislocado, la distancia que se genera con los personajes es parte de la extrañeza propia de un lugar que no se termina de habitar de a dos.
Dentro de todo este entramado temporal, como una brisa que expande la mirada hacia afuera, la grabación en cámara digital que vemos desde Isa a Nica es el soporte para no sucumbir a una fatiga espacial. Ideal para desprenderse de lo reducido del espacio y la duda hacia lo que sucede en el exterior, una estética audiovisual distinta a lo que caracterizó el abordaje de tiempos pandémicos es la posibilidad para respirar un poco de aire puro. A la postre, el agotamiento en un espacio cuadrado puede que genere que Isa y Nina queden atrapadas en un bucle como pareja, pero el registro de otro espacio abre la ventana hacia un tiempo en que las oportunidades para ambas parecían tener un horizonte más amplio.
Dirigida por: Valentina Opazo Pocket. Guion: Giannina Fruttero, Valentina Opazo. Elenco: Giannina Fruttero, Javiera Belem. Producción: Giannina Fruttero, Javiera Belem. Producción general: Amanda Fiebelkorn. Dirección de fotografía: Rodrigo Stambuk. Cámara: Felipe Toro. Montaje: Salvador Inzai. Dirección de arte: Camila Suazo. Sonido: Christofher Baeza, Ignacio Corvalán Diseño. Música: Simón Mancisidor. Maquillaje: Camila Zepeda
