Los Renacidos: Rito y bala

Considero que más allá de los disparos, los viajes en ambulancia por la cordillera, los misterios de la aguja y el trasfondo familiar; hay una capa trascendente en esta película que no se puede pasar de largo, y es que en realidad estamos frente a una reflexión de la ritualidad mortuoria. Nos enfrentamos a un chamán moderno —Manuel— quien tiene cierto control sobre la vida y la muerte, y por lo mismo es codiciado por diversas fuerzas malignas, a las cuales en su momento —y hasta ahora— se ha tenido que entregar por lo profano —el dinero—

Juntaré algunos cobres

Pa que no me falten flores

Cuando esté dentro 'el cajón

Carlos Gardel

 

Hay películas que logran traslucir profundidad en una construcción sencilla —pero no por ello simplista— en cuyas escenas pareciese primar una cinematografía de acción; Los Renacidos es una de aquellas. Con planos mayoritariamente fijos, una estética “realista” y diálogos bastante comprimidos pero con destellos poéticos placenteros, logra acercarnos a diversos tópicos y dejar al espectador con variadas interrogantes, en una narrativa con una lógica deductiva bien lograda, en tanto película que va entregando solamente información sustancial a pequeñas dosis,  manteniendo in crescendo las ansias de sumergirse en este pequeño-gran mundo que logra crear el director Santiago Esteves, o por lo menos, de palpar más allá que solo lo aparente, o lo que como espectadores permitimos entrar a nuestro imaginario a la hora de dejarnos llevar por películas de este tipo.

La base argumental de la película —en resumidas cuentas— es la siguiente. Manuel (Pedro Fontaine), un médico que se encuentra viviendo en un pueblito en la cordillera y está a punto de ser padre, y Oscar (Marco Antonio Caponi), su hermano, los cuales comparten un mismo oficio ilegal. Por un lado, Manuel intenta tener una vida tranquila y dejar aquello atrás, mientras que Oscar sigue sumergido en diversos asuntos delictuales. El jefe es su propio tío, llamado Horacio (Oscar de la Fuente). El trabajo que hacen es uno particular, falsear la muerte de distintos sujetos, con una mezcla de sustancias que solo Manuel sabe manejar - conocimientos heredados de su padre—, y en este caso, las debe ocupar para hacer pasar por muerto a un contador que se encontraba ligado con los narcos y quería irse con su familia a Chile para empezar una nueva vida. Vienen a buscar a Manuel de forma forzada al pueblo para que realice este trabajo. De ahí en adelante observamos todo el proceso, el reencuentro de los hermanos, el falseamiento de un desmayo por parte del contador, las inyecciones, el falso velorio, el entierro, etc. Todo fluye con la profesionalidad con la cual se espera que ejecuten su trabajo hasta que de un momento a otro el asunto cambia de rumbo y de perspectivas, revelándose traiciones sobre traiciones, mentiras, traumas del pasado y una relación entre hermanos marcada por el rencor.

De esta forma prosigue el intento —de uno de estos sujetos— de pasar el cuerpo a Chile, generándose diversas disputas por parte de las distintas fuerzas involucradas, quienes quieren tener el contador a su poder, es decir, el dinero: Horacio, los narcos, etc. La película se transforma a ratos en una road-movie, y luego entra la violencia en su máxima expresión, disparos, policías, lo clásico. En ello se intercalan recuerdos de la infancia de Oscar, las cuales nos hacen entender algunas de sus acciones en la película y su obsesión con obtener la libreta que posee el hermano, en la cual se encuentran las proporciones y los pasos a seguir para poder llevar el cuerpo de una persona a un estado de muerte y luego revivirla. Es un ping-pong constante entre los diversos sujetos, logrando sostener una tensión dramática que no llega al punto de ser efectista, sino que se encuentra justificada en los diversos acontecimientos, y debido a su estilo austero, le otorgan     —dentro de todo— sentido de realidad a la película, sin llevarla del todo a una exageración.

Considero que más allá de los disparos, los viajes en ambulancia por la cordillera, los misterios de la aguja y el trasfondo familiar; hay una capa trascendente en esta película que no se puede pasar de largo, y es que en realidad estamos frente a una reflexión de la ritualidad mortuoria. Nos enfrentamos a un chamán moderno —Manuel— quien tiene cierto control sobre la vida y la muerte, y por lo mismo es codiciado por diversas fuerzas malignas, a las cuales en su momento —y hasta ahora— se ha tenido que entregar por lo profano —el dinero—. De allí que haya una escena relevante en la cual su hermano Oscar se encuentra frente a un verdadero funeral, y rememora el de su propia madre con tristeza, como si algo se le removiera dentro de sus entrañas recordándole aquellos eventos que nos otorgan verdadera humanidad, y representan simbólicamente el paso de un mundo a otro. Además, el hecho de que el contador deba pasar de una frontera para empezar una vida desde cero también puede ser entendido como una barrera, la misma que se traspasa a la hora de morir, pero que solo se encuentra concretada cuando establecemos un rito, en este caso la resurrección en vida, la posibilidad de establecer un nuevo punto de partida para él y dejar el pasado ilegal atrás. Una de las últimas escenas de la película —que prefiero no mencionar— concluye con uno de los rituales familiares, concretando al fin el paso de un mundo a otro y también revelando cierta parte de la sensibilidad de uno de los protagonistas, cerrando este imaginario reflexivo eclipsado por variadas escenas de acción.

Los Renacidos es una película que, en sus 81 minutos de duración, te mantiene constantemente pendiente de aquello que va suceder y logra mantener el hilo y la lógica subyacente de los acontecimientos de forma equilibrada Da cuenta de que no es necesario grandes diálogos ni tampoco ser demasiado pretensioso para poder llegar a tocar temas profundos de forma placentera para el espectador. Es fresca, fácil de digerir y de comprender, pero —como dije en un principio— no por ello simple. Películas así dan gusto de ver, en donde se puede percibir una aleación estética entre pasión e intelecto, y, por cierto, con un rastro notable de identidad, al ser grabada en la misma tierra de origen del director. Nos invita a reflexionar sobre la vida y la muerte, el rito, como los seres humanos tenemos resurrecciones constantes, cambios, traspasamos fronteras y cerramos otras, tal como una aguja puede pasarnos de un mundo a otro, o una palabra de perdón cerrar una herida familiar. Nos recuerda que muchas cosas están constituidas de pequeños gestos —ritos— y buenas películas también de pequeños diálogos, no se necesita mucho más, o no siempre, por lo menos.

Dirigida por: Santiago Esteves. Elenco: Pedro Fontaine, Marco Antonio Caponi, Oscar de la Fuente, Juan Ignacio Cane, Daniel Antivilo, Luis Dubó. Casa productora: El Otro Film, Le Tiro Cine (Argentina), Zabriskie films (España), Dirección de fotografía: Enrique Stindt.   Edición: Meritxell Colell Aparicio, Santiago Esteves. Productores: Nicolás Grosso, Carles Torras, Sergio Adrià, Marianne Mayer-Beckh