El santo oficio: El cine es la utopía
El director protagonista del filme desprecia otros tipos de cine por considerarlos menores y de poco interés, algo que es hábilmente registrado por Sánchez. ¿A qué clase de discusiones accedemos cuando hablamos de lo sacralizado en el cine? Sánchez utiliza a su protagonista para pasear entre la falsa exaltación del arte y el genuino interés por el oficio, en donde lo esnob y la pasión real por el cine se mezclan en un mismo personaje.
En el capítulo 10 del libro El cine nómada de Cristián Sánchez, el director parte con una declaración: “Me gusta entender mi obra como un camino de aprendizaje inaparente del héroe y no como un proceso de maduración. Mis héroes han aprendido un no saber de modo inconsciente o, más bien, han sido aprehendidos por un saber que los excede”. Al revisar su cinematografía, no podemos menos que reconocer esa forma de entender su obra. Sus personajes, en efecto, parecen vivir en lugares que nunca llegan a comprender. En el caso de El santo oficio (2026), película recientemente estrenada en la Cineteca Nacional de Chile, su protagonista no es la excepción, aunque hay algo que lo distingue. Su personaje principal, un director de cine con un presupuesto mínimo y muchas ganas de hacer un filme, vive al límite con una relación sentimental frágil, mientras un equipo de estudiantes de cine incondicionales lo siguen para poder concretar la película, o como dice el protagonista “poder reflejar la realidad de una forma poética”
Esta figura, la del cine desde la poesía, compite y choca con otras realidades. La constante evocación de la mitología griega – sin ir más lejos, vemos discusiones entre filósofos, y referencias permanentes al Hades - conversa directamente con la propia mirada del protagonista, que busca desarrollar un filme a partir de lo aprendido viendo a Godard, a Bresson, a Casavettes. Desde ahí, situamos dos mitos: Uno cultural, que ha permeado a todas las formas de hacer en occidente – patriarcado y capitalismo incluidos – y otro cinematográfico, el que también responde a una manera de producir y pensar en el cine. Desde ahí, los dioses del Olimpo, los grandes filósofos griegos y los directores de la Nouvelle Vague se convierten en los mismo, y son capaces de formar desde grandes civilizaciones hasta utopías cinematográficas.
El director protagonista del filme desprecia otros tipos de cine por considerarlos menores y de poco interés, algo que es hábilmente registrado por Sánchez. ¿A qué clase de discusiones accedemos cuando hablamos de lo sacralizado en el cine? Sánchez utiliza a su protagonista para pasear entre la falsa exaltación del arte y el genuino interés por el oficio, en donde lo esnob y la pasión real por el cine se mezclan en un mismo personaje.
Quienes rodean al protagonista también ejercen una presión equívoca. Su pareja opera como una mujer en blanco a quien no tenemos demasiado acceso, contraponiéndose a Marcy, una actriz pelirroja de edad indeterminada, que emerge entre brujerías y sarcasmos para motivar algunos de los deseos del protagonista. En este punto, se hace imposible no hacer cierto enlace con El zapato chino (1979), película de Sánchez que también establece una relación entre un hombre mayor, obnubilado por una joven recién llegada a la ciudad, de la que no se conoce pasado y mucho menos futuro. El tipo de personaje cambia – la inocencia de Marlene está lejos del desenfado de Marcy – pero hay algo ahí que se mantiene, una atracción dada por una especie de salvavidas de las variantes que se enfrentan.
¿Hacia donde nos lleva El santo oficio? El destrabe del protagonista, que lo enfrenta a demonios y símbolos de la imaginería chilena – de nuevo, algo cercano en sus materiales al Raúl Ruiz de Cofralandes – se da en el momento en que éste suelta el anhelo de hacer una película por sus propias manos, entendiendo que el oficio del cineasta, para convertirse en algo santo, debe ser compartido. Sánchez nos lleva hasta el lugar de su protagonista para ver como una obra es lo que es, en la medida que sus realizadores se compenetran con ella. En este supuesto, cobra aún más relevancia la presencia de un personaje – igual de elusivo que el resto de quienes se representan en la película - que aparece cada tanto para exigirle al protagonista que le entregue una copia del filme, pese a que no está siquiera filmada aún. Lo que aparece como una petición a ratos graciosa, habla del espíritu del cine, en donde la sola idea concebida forma parte del gran engranaje de la creación cinematográfica. Cristian Sánchez, un director particularmente prolífico, nos recuerda desde una vereda muy conocida por él que las películas son un chispazo de intensidad, un amor que no se deja, una sensación antes que un hecho.
Dirigida por: Cristián Sánchez. Guion: Cristián Sánchez. Casa productora: Santiago Independiente. Producción ejecutiva: Florencia Dupont, Macarena Monrós, Manuel Vlastelica. Producción: Cristián Sánchez. Dirección de fotografía: Manuel Vlastelica. Montaje: Diego Soto. Dirección de arte: Víctor Muñoz. Sonido: Carlos Pérez Muñoz. Duración: 90 min.

