He de morir cantando: De lo divino y de lo humano
Este documental conecta las vidas de estos hombres con la misticidad de una práctica colectiva como es el canto a lo divino: cantos realizados en entornos religiosos y que derivan del estudio de la Biblia como base primigenia de los versos recitados al público. Así la gente menos letrada de los pueblos podían acercarse a la “palabra de Dios” mediante la música. Los versos afloran de la necesidad de un traspaso de conocimientos a la comunidad, siendo una labor artística y comunicativa puesta en servicio a los demás
La música como luz de vida, el canto como expresión del alma, las letras enquistadas en la memoria y acordes que acompañan el recitar. La vida de dos cantores son retratadas en He de morir cantando, documental de los hermanos Lavados que sigue las vidas de estos hombres que se han dedicado completamente al canto y a la música, arte como expresión devota, pero que también habita en su cotidianidad más sencilla. Entre iglesias y cantinas de pueblo, ambos mundos se ven reflejados desde una mirada honesta, inserta en paisajes propios del campo central (Casablanca y Putaendo, V región) que nos enmarcan las vidas de gente que sigue una tradición de cientos de años y que ha sabido mantenerse gracias a representantes como Arnoldo Madariaga y Fernando Montenegro, presentes en esta película.
Dos vidas, dos historias en dos pueblos de una misma región de Chile. Una de ellas es la de don Arnoldo, quien vive en su campo rodeado de animales de granja, especialmente de sus ovejas. Una tradición familiar que lo ha llevado a cantar desde pequeño es lo que lo ha mantenido vivo, atento a la naturaleza y a sus cambios. “Ese zorzal dice que canto mal”, comenta cuando al terminar su canto puede escuchar la competencia del pájaro que se ha posado cerca. Y por otro lado tenemos la historia de Fernando, quien mantiene viva la tradición acompañado de su comunidad, inserto en agrupaciones de Bailes Chinos y también en espacios donde la vida transcurre como cualquier mortal: cantando con un vaso de vino encima, en bares y restaurantes locales. Ambos comparten el mismo arte que se expresa de diversas formas, cantando para llevar las palabras de la Biblia a la gente, pero también para avivar los corazones de quienes les escuchan. Así es como el día a día se desenvuelve en espacios tanto de oración como de compartir cotidiano, transformándose el espectador en testigo de las historias y reflexiones de dos hombres que han visto los cambios sociales y culturales en sus pueblos y en sus propias vidas, cambios que no han podido tocar el canto divino, el cual mantiene intactas sus raíces de hace siglos.

El uso de blanco y negro en la película da una imagen claramente más homogenea, en la que la luz y las sombras se hacen más importantes para retratar el espacio y vidas de ambos hombres. Así, nuevamente la dualidad de lo divino y lo humano se hace presente y nos transmite esa sensación de atemporalidad y de eternidad tanto en los rostros de los cantores como en las imágenes sacras. El trabajo audiovisual en este caso es preciso junto al relato: con un montaje adecuado a los momentos musicales, presentes en toda la película, que lentamente se desenvuelve junto a los demás elementos del filme. El paisaje natural, la música, los elementos sacros, la comunidad, los rostros de aquellos hombres, todo esto es orquestado poco a poco para que sus voces nos acompañen y den los descansos necesarios de apreciación visual. Planos largos que dan cuenta del pueblo y el campo, importantísimo de retratar para la historia de ambos hombres, pero también nos presenta seguimientos serpenteantes en el andar tanto de las procesiones religiosas de Fernando como en el caminar por el campo de Arnoldo. Una danza visual que juega con los resplandores de luces entre árboles y banderas religiosas. Y es que algo muy bello de ver, es como los rostros de los cantores cobran tanta importancia como el rostro de Cristo crucificado, con un respeto a las tradiciones, pero también con un acercamiento humano a sus expresiones y relatos. Todo esto con el fin de unificar.
Este documental conecta las vidas de estos hombres con la misticidad de una práctica colectiva como es el canto a lo divino: cantos realizados en entornos religiosos y que derivan del estudio de la Biblia como base primigenia de los versos recitados al público. Así la gente menos letrada de los pueblos podían acercarse a la “palabra de Dios” mediante la música. Los versos afloran de la necesidad de un traspaso de conocimientos a la comunidad, siendo una labor artística y comunicativa puesta en servicio a los demás. Sin embargo, no solo cumplen ese rol: además cada canto representa la expresión individual de sus propios corazones, quienes no solo memorizan, sino que interpretan y dan forma a tradiciones centenarias, que se traspasan de generación en generación. Por eso es que cada experiencia se hace única: ambos hombres de entornos muy parecidos, haciendo algo parecido durante toda su vida, pero que llevan a su voz historias de vida muy distintas, con percepciones diversas. Arnoldo, hombre devoto de la iglesia y de su tierra, permanece muchísimo más atento a su entorno natural, llevando esos conocimientos a la práctica del canto, pero Fernando, quien tiene múltiples actividades en su pueblo, lleva su música a los demás dando fe de su historia de vida. Lo religioso sale de su esfera sacra y se embetuna de la tierra, los animales, los tropiezos y el devenir cotidiano.
He de morir cantando nos trae lo más profundo del campo chileno, una práctica que poco a poco se extingue, pero que permanece en personas como estas, quienes conviven aquí en el presente, con todo lo que son como humanos, trayendo palabras y experiencias místicas a entornos que han cambiado, pero no han olvidado sus tradiciones. Porque así como habitamos nuestra Tierra, es que lo divino puede vivir en cada uno de nosotros.
Año: 2025. Duración: 65 minutos. Casas productoras: Trino Films y Faro Cine. Dirigida por: Eduardo Lavados, Sebastián Lavados. Producción ejecutiva: Claudia León, Ignacio Hernandez, Sebastián Lavados, Teresa Salinas. Producción: Eduardo Lavados, Sebastián Lavados. Dirección de fotografía: Sebastián Lavados. Montaje: Eduardo Lavados. Sonido: Claudio Vargas Cornejo. Música. Gabriel Huentemil.
