La vida que vendrá: Deseo de futuro

Quizás lo que me interesa de La vida que vendrá es el lugar que propone para leer esa historia. Un lugar que es muchas cosas: un punto de vista generacional, una pregunta por la narración como experiencia y transmisión, una investigación sobre el lugar de las imágenes como membrana y materia de la memoria.

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¿Puede el cine reencontrarse con el latir silencioso de las multitudes? ¿Desde qué     posición interpelar los archivos públicos e históricos que constituyen un núcleo difuso y borroso de lo que llamamos “país”? ¿Todos accedemos del mismo modo a la memoria pública de eventos como el Golpe Militar o la Transición? Finalmente, ¿cómo abordar esa idea algo misteriosa que algunos llaman “intimidad pública”? Esas son algunas de las preguntas que me surgieron después de ver La vida que vendrá, una película que desde el primer momento ensaya una voz propia que busca hacerse un lugar en la memoria pública de las imágenes.

El territorio en que se mueve el más reciente documental de la directora Karin Cuyul ahonda en elementos de sus trabajos anteriores, como Historia de mi nombre (2019) y Notas para el futuro (2022), centralmente abordar la historia desde sus bordes, desde las narrativas relegadas a segundo plano por las historias oficiales. En Historia de mi nombre era el relato de sus padres, una generación de militantes de izquierda que vieron con desencanto el período de la transición democrática, cuestión que aparecía en el filme como una búsqueda de identidad de la propia narradora-directora. Y en el cortometraje Notas para el futuro se trataba de una pregunta situada desde el género mujer y aquello que aparecía como la herencia de luchas silenciosas a través de la historia, impresas en archivos familiares y tramas generacionales.

En el caso de La vida que vendrá estos aspectos se profundizan y amplían. No se trata aquí solo de la memoria de una izquierda. Tampoco de la perspectiva de un sujeto social específico - la mujer- en la narrativa histórica. Aún así, se trata de una experiencia específica, quizás una emoción, situada desde un “nosotros”. Un “nosotros” específico que constituye el trasfondo borroso de la historia del país, una “parte sin parte” que reclama presencia en una narrativa histórica tramada desde el consenso.

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Quizás lo que me interesa de La vida que vendrá es el lugar que propone para leer esa historia. Un lugar que es muchas cosas: un punto de vista generacional, una pregunta por la narración como experiencia y transmisión, una investigación sobre el lugar de las imágenes como membrana y materia de la memoria. El objetivo queda claro desde el inicio del filme: indagar a través del archivo de las imágenes públicas, la memoria política de lo que “resiste” o “queda” a pesar de la derrota.

Para ese objetivo, el método no puede (no podría) ser lineal. No hay aquí un recorrido progresivo e histórico- aunque sea su fisonomía- si no una pregunta sobre un tipo de emoción que es necesario pensar, para recomponer un sentido de lo comunitario.

Los pasos que toma el filme-a través de la sala edición- son metódicos y reflexivos: ¿por qué asociamos el período de la Unidad Popular a la violencia y al blanco y negro? ¿Es posible recordarla a color desde otro lugar? ¿Qué imágenes tenemos de la dictadura y la transición? ¿Qué relatos no fueron visibilizados y cómo el cine puede ayudar a construir otros puntos de vista? Finalmente, ¿cómo tejer una trama afectiva de archivos que puedan moverse entre la “historia que nos acontece”, “la que nos cuentan” y la que “nos contamos”?

A través de la búsqueda y el ejercicio ensayístico, este documental realiza hallazgos que nos permitirán la entrada a estas preguntas. Por ejemplo, a las ya mencionadas imágenes a color de la Unidad Popular (vivas, vitales, incandescentes) o a archivos poco mostrados de la dictadura en sus primeros años, se les suma el descubrimiento de los registros de dos cineastas “amateurs” Luis Costa y Enzo Villanueva- que en medio del fin de la dictadura y los primeros años de la transición buscaban documentar aspectos de la vida cotidiana en las poblaciones y sectores populares. A pesar de las buenas noticias del fin de la dictadura, una pobladora entrevistada frente a la cámara, declara su escepticismo frente a un “NO ganador y un SÍ mandador” del plebiscito, una frase que resuena a lo largo de todo el resto del metraje.

A través de este lente vemos una narrativa que ya conocemos. El discurso triunfante del “Chile Jaguar”; las revueltas estudiantiles del 2006 y 2011; el estallido social del 2019, y el fallido proceso constituyente. Un ciclo de revueltas que han tomado veinte años para llevarnos a un presente político complejo, una de cuyas narrativas es la del nihilismo político e histórico. ¿Cómo pensarnos en este tiempo?

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Karin Cuyul ausculta las imágenes, y busca respuesta a través de ellas. La edición funciona como una navegación intuitiva y táctil, a través de la cual acompañamos a la directora a sumergirse en la subjetividad de los archivos públicos, encontrando gestos, resistencias      y espacios donde poder respirar. Se trata de encontrar en esos registros, la trama cotidiana de lo que resiste, la construcción de modos de vida que con superan las grandes narrativas triunfales o de la derrota.

Quizás sea el gesto superviviente por excelencia. La pregunta por unos otros, singulares y difusos, que esperan por el despertar en las imágenes, cuya historia ha sabido de felicidades y tristezas sociales. Una historia incontable del “pueblo” que somos, de los pueblos coreografiados, en éxtasis, en lágrimas, en lucha, reunidos, disgregados, en sombras y a trasluz, cuya narrativa interroga la cineasta a través de aquella posible luz que hay detrás de su título “la vida que vendrá” ¿Con qué imágenes despertar, entonces, ese deseo de futuro?

Ficha técnica. Dirección: Karin Cuyul. Producción: Joséphine Schroeder (Chile). Co-producción: Jerónimo Atehortúa (Colombia). Guión: Karin Cuyul. Producción ejecutiva: Joséphine Schroeder, Miguel Yilales, Jerónimo Atehortúa, Juan Sebastián Mora Baquero, María José Alarcón Ardila. Compañías productoras: Pequén Producciones (Chile), Invasión Cine (Colombia). Sonido: Diana Martínez Muñoz. Montaje: Federico Atehortúa. Postproducción de sonido: Guateque Cine. Post de color: Darío Órdenes (Albatros Post – Chile). Diseño sonoro: Diana Martínez Muñoz, José Delgadillo Gaviria. Año: 2025. País: Chile, Colombia. Duración: 92 mins. Distribuye: Miradoc