Manuela Martelli: “Hay mucho de esa herida neoliberal que tiene que ver con una Constitución escrita en dictadura”
Entrevista a la directora de El deshielo, seleccionada en Horizontes Latinos del Festival de San Sebastián y escogida para representar a Chile en las nominaciones al Oscar.
La historia de El deshielo surgió muchos años antes del primer largometraje de Manuela Martelli (1976). Cuando estudiaba en la escuela de teatro de la Universidad Católica —mientras protagonizaba algunas de las cintas más recordadas de los 2000— escribió un texto para una de las asignaturas de la carrera. Un ejercicio intuitivo y en parte autobiográfico protagonizado por una niña que deambulaba por un hotel situado en medio de la nieve. Siempre pensó que esa idea podía desarrollarse en una película y finalmente, casi dos décadas después, se convirtió en el punto de partida de su segundo filme. “Cuando me puse a hacer el trabajo de búsqueda, observación y mirada sobre la historia reciente de Chile, me pareció que el mundo de esa niña, en ese hotel, era una linda manera de abordar ese periodo, de acercarse a ese momento de la transición”, cuenta la directora.
La película, que se estrenó en la Quincena de Realizadores de Cannes y que fue seleccionada en la sección Horizontes Latinos del Festival de San Sebastián, se sitúa en el invierno de 1992 en el entorno de unas pistas de esquí. Allí, Inés (Maya O’Rourke), nieta de los dueños del hotel, entabla una amistad con una joven esquiadora alemana que desaparece repentinamente.
Con el lenguaje y la narrativa que ya exploró en su ópera prima —de atmósfera inquietante, paralelismos e intimidad de los personajes—, Manuela Martelli habla, en este filme, de los pactos de silencio, de las concesiones de los primeros años de democracia y de ser niña/niño en un periodo marcado por las fisuras impuestas por la dictadura. “La mirada desde la infancia podía ser una forma de vincularse con la historia desde un lugar sin palabras”, dice la directora, en la ciudad de San Sebastián, pocas horas antes de presentar la película en una de las salas principales del certamen.
C. Ahumada: ¿Cuánto de tu infancia y de tu propia historia de vida impregnó la escritura del guion para construir a Inés y para situarte en ese periodo de la transición a la democracia?
M. Martelli: Hay mucho. Creo que la película es una colección de recuerdos que se fueron conectando de manera muy libre. No es una historia que haya vivido de esa manera, es puramente ficción, pero sí hay mucho de recolectar recuerdos, sensaciones y emociones de infancia.
C. Ahumada: ¿Cómo recuerdas la experiencia de ser niña en los años 90, en esa época de silencios donde no se hablaba de la dictadura?
M. Martelli: Eso es algo que fui leyendo de adulta. Para mí el estallido social fue muy revelador, porque fue un momento donde los jóvenes salieron a la calle; las chicas de uniforme empezaron a saltar los torniquetes. Había algo muy joven en esas movilizaciones. Vi la diferencia con mi generación y me sorprendió mucho que esos niños y jóvenes no le tuvieran miedo a salir a la calle, a la policía. De a poco fui entendiendo el miedo de mi generación, el origen de ese silencio, que no es un solo silencio. Es un silencio que tiene que ver, por un lado, con ser guardianes de esta frágil democracia y, por otro, con una generación que creció en un mundo neoliberal. Un mundo donde prima el éxito, el individualismo.
C. Ahumada: Ese concepto del llamado “progreso” que tanto marcó los 90 en Chile...
M. Martelli: Sí, la idea de progreso, el Chile “país jaguar”. Y eso no es menor. Había toda una sensación de tener que ser exitosos, desarrollados. También el consumo, ser víctimas de la televisión. Ahí yo lo conecto también con la orfandad. Esa generación donde las madres entran al mercado laboral, donde hay algo de acomodo, de entender cómo se ordena el mapa familiar. La televisión juega ahí un rol muy importante como ente educativo, cualquiera sea la educación que transmitió. Además, con el boom de la publicidad en esos años, que tenía un espacio muy preponderante. Ese elemento también es fundamental a la hora de hablar del silencio.
C. Ahumada: ¿Qué reflexión te dejó sobre la transición en Chile el hacer esta película? ¿Sigue teniendo mucho peso lo que se forjó en esos años?
M. Martelli: Para mí se vuelve muy claro que la historia no es lineal, que los asuntos no resueltos vuelven a aparecer. Hay mucho de esa herida neoliberal que tiene que ver con una Constitución escrita en dictadura, donde se privatiza la educación y donde existen cada vez menos herramientas de la sociedad para determinar qué es justo y qué no, para informarse, para leer. El acceso a la educación también se volvió un privilegio.
Nos hemos vuelto esclavos de las redes sociales, con pocas herramientas para identificar qué es real y qué es mentira. Creo que la herida entra en esos sitios. Aparte de que hay una herida que también tiene que ver con que la justicia no es igual para todos, entonces empieza a perder el valor que debiese tener. Dejamos de valorar las pequeñas conquistas que hemos ido alcanzando.
C. Ahumada: Conquistas que, además, siempre están en peligro o en cuestionamiento.
M. Martelli: Siempre están siendo cuestionadas porque, además, hay un dominio de los medios de comunicación tremendo. Y ahí vemos lo difícil que es. Para mí el fenómeno del estallido fue muy importante en ese sentido, de movilización, de descontento y de cuán difícil fue canalizar eso en un proyecto común.
C. Ahumada: ¿Qué sensación tienes hoy, en un año donde comenzó a gobernar la ultraderecha de Kast, respecto a la revuelta social de 2019? ¿En qué quedó esa sensación movilizadora y esperanzadora que generó?
M. Martelli: Yo creo que fue un proceso muy decepcionante, trunco y frustrado, donde, además, se cometieron una serie de errores. Ahí hay que hacer una autocrítica con cómo se llevó a cabo ese proceso, con perder la noción de qué es relevante y qué no; también engolosinarse con ciertas batallas. En ese sentido, hubo una falta de responsabilidad en decir qué es lo central y en perder un poco el timón. Ahí vuelvo a las conquistas de la democracia. Entender que no es lo mismo un gobierno de Piñera que uno de Kast. Hay una diferencia en tener un presidente que sigue defendiendo la dictadura, que está dispuesto a hacer una reforma constitucional para que la sociedad pierda libertades en pos de una supuesta seguridad. ¿Qué es esa seguridad?
El presente del cine chileno
El deshielo es una coproducción que tuvo participación de Chile (Wood Producciones), México (Piano), Estados Unidos (Cinema Inutile) y España (Elástica Films). El filme, según ha anunciado Martelli, se concibe dentro de una trilogía integrada también por 1976 (años 70) y por su próximo proyecto (años 80). En este caso, fue la década de los 90 la que quiso abordar a través de la protagonista. De hecho, la película comienza con imágenes reales del traslado marítimo del iceberg de 60 toneladas que presentó Chile en la Exposición Universal de Sevilla en 1992. En ese entonces, la directora tenía la misma edad que Inés en la ficción.
“Fue algo que quedó muy grabado en mi memoria, como una especie de fábula”, dice Manuela y continúa: “Para mí la película habla bastante de la orfandad y, en ese sentido, trata la orfandad de un país que busca una referencia afuera y mira a Europa como un gran modelo de modernidad, de progreso”.
C. Ahumada: ¿Cómo ves hoy esa relación con Europa? El cine chileno, de hecho, sigue dependiendo mucho de la validación en los festivales europeos.
M. Martelli: Tal cual, todavía hay mucho de eso, de esperar una validación de afuera. No tenemos un gran festival en Latinoamérica donde se valide el cine, donde seamos nosotros los que valoremos nuestro propio cine.
C. Ahumada: Desde tu experiencia al dirigir dos películas y trabajar como actriz en esta industria hace más de 20 años, ¿cómo es hacer cine hoy en Chile?
M. Martelli: Yo me siento en un lugar muy privilegiado porque he podido hacer dos películas en Chile. Me parece que los recursos aún son extremadamente limitados y que todavía falta darle espacio a otras voces. Falta valorar la cultura como política del Estado, como política pública. Que se entienda como un bien necesario para generar un pensamiento crítico y comunidad. Creo que el cine es una manera de crear comunidad.
En esta obsesión por la seguridad, que la puedo entender porque es fundamental poder caminar tranquilos por la calle, creo que eso no se logra construyendo una infinitud de cárceles. A mí me parece que no hay nada más seguro que crear un espacio donde la gente se pueda expresar, donde nos podamos observar como sociedad. ¿Qué mejor para la juventud que existieran esos espacios a nivel de barrio?
El cine hoy, si bien está a años luz de lo que era hace 20 o 25 años cuando yo empecé, aún tiene muchas limitaciones que tienen que ver con eso, con el valor que se le da.
