El deshielo: Un pie de cueca y olvidamos todo

En la historia, el derretimiento del hielo deja la verdad al descubierto, como cuando se escarba y se pasa la brocha que sacude la tierra de un cuerpo. El primer bloque de hielo que representa a Chile en el extranjero que se va derritiendo de a poco puede simbolizar la dictadura recientemente terminada. La dictadura como una masa rígida congelada que, con la vuelta a la democracia, empieza a derretirse y eso permite que se descubran los cuerpos y la más aterradora realidad que dejó. En la historia que cuenta la película pasa lo mismo, se debe esperar el deshielo de la nieve para que la verdad se asome.

El deshielo (2026), la nueva película de Manuela Martelli, se inserta, en primer lugar, en una larga tradición del cine chileno que representa la memoria sobre la dictadura -como la que ya hizo la directora en su película 1976 (2022) y tantas otras como Machuca (Andrés Wood, 2004) y Post Mortem (Pablo Larraín, 2010), por ejemplo-. Pero también, en segundo lugar, se inserta en una nueva tradición que camufla esa memoria en historias íntimas que hacen pasar los relatos por otras historias, cuyo transcurso la tiene como telón de fondo y la trata metafóricamente, como lo hizo también Cuerpo celeste (2025) de Nayra Ilic y Pablo Larraín con Tony Manero (2008). El deshielo es un drama con trama de misterio que transcurre el año 92, cuando se siente el reciente y pactado retorno a la democracia.

En un hotel en las montañas rodeado de nieve se nos presenta una niña, Inés (Maya O’Rourke), cuyos padres están lejos de Chile y se encuentra a cargo de sus abuelos, Techa y Ricardo (Paulina Urrutia y Mauricio Pesutic), que parecen más preocupados de cuidar el funcionamiento del hotel que de cuidarla a ella. En el intertanto Inés se cobija en las empleadas del hotel y los pasajeros que transitan en él. Es así como conoce a Hanna, una adolescente alemana que se encuentra con un equipo de esquí, y con quien entabla una estrecha relación. En un inesperado punto de giro Hanna desaparece en misteriosas circunstancias. De aquí en adelante, la cinta está marcada por las dudas en torno a su desaparición y su búsqueda, asunto en que Inés será una pieza fundamental.

Los abuelos ocultan a quien muy probablemente sabe la verdad e intentan cuidar apariencias frente a unos españoles que exploran su proyecto en las montañas, muestra de una herencia colonial viva. Y así transcurre. La película intenta decirnos: todo Chile encubre la verdad para mantener el statu quo y siguen adelante como con gríngolas que esconden algo que está ahí, en la televisión y bajo la nieve. Y se amenaza a quienes saben, en este caso es Inés, amedrentada para guardar silencio, atormentada por saber y silenciada para mantener una falsa y farsante paz.

El blanco de la nieve y el azul transparente de los hielos conforman la atmósfera fría del relato. Este se cuenta principalmente desde los ojos de Inés, una actriz impecable que despunta por sus expresiones y su manejo de idiomas puestos en escena para mostrarla como puente de comunicación, interprete y cómplice. Sin embargo, representa también el silencio encubridor, lo que parece ser la razón de su angustia. Su silencio atraviesa las sospechas sobre la desaparición, la intensa búsqueda y finalmente el descubrimiento de la verdad en rojo vivo.

Un gran bloque de hielo trasladada desde Chile a España. Esa es la primera imagen que nos entrega El deshielo ¿Cómo hacen para que no se derrita? Es que sí se derrite, dice alguien. Parece solo un dato de la historia que se va a narrar, sin embargo es un símbolo central de la película. Otro móvil: por la televisión se pasa el momento en que descubren los cuerpos en las fosas comunes de Pisagua, escenario del horror sobre el destino de muchos desaparecidos y ejecutados por la dictadura en Chile.

Inés mira fijo la televisión cuando muestran el descubrimiento en Pisagua y sus ojos muestran la angustia y la revelación. Ella misma descubre, tiempo después, tras el deshielo, lo que puede correr el velo de la verdad sobre Hanna, pero las amenazas ya han calado hondo. Y entonces ella representa una verdad de Chile, una memoria enterrada que se traduce a un cruel corolario idiosincrático: Un pie de cueca y lo olvidamos todo.

En la historia, el derretimiento del hielo deja la verdad al descubierto, como cuando se escarba y se pasa la brocha que sacude la tierra de un cuerpo. El primer bloque de hielo que representa a Chile en el extranjero que se va derritiendo de a poco puede simbolizar la dictadura recientemente terminada. La dictadura como una masa rígida congelada que, con la vuelta a la democracia, empieza a derretirse y eso permite que se descubran los cuerpos y la más aterradora realidad que dejó. En la historia que cuenta la película pasa lo mismo, se debe esperar el deshielo de la nieve para que la verdad se asome.

Por otro lado, los 90 aún son los años del silencio, nadie quiere ver la verdad todavía, porque da un miedo que se traduce en  una aparente indiferencia frente a la tragedia de los que no están. Esa indiferencia, representada por Techa y Ricardo, además de unas niñas del pueblo que botan al piso los carteles que advierten la desaparición de Hanna: es el negacionismo de Chile. Es el pedido de algunos sectores, aún vigentes en política nacional, que dicen “ya basta, hay que seguir adelante, los desaparecidos ya no están (si es que siquiera hay desparecidos)”.

La película funciona con sus símbolos que se traducen fácil pero sin ser del todo evidentes. En primera instancia nos parece que realmente todo trata de la desaparición de una esquiadora alemana alojada en un hotel de la montaña y su amiga pequeña que se angustia por encontrarla. Una madre que busca desesperada mientras la ignoran. Pero de fondo es eso, los indiferentes e hipócritas inicios de los 90 en Chile.

Dirección: Manuela Martelli; Guion: Manuela Martelli; Elenco: Maya O’Rourke, Maia Domagala, Paulina Urrutia, Lautaro Cantillana, Luis Uribe, Mauricio Pesutic, Paula Zúñiga, Jakub Gierszal, Marcela Salinas, Daniela Pino, Roberto Farías y Santiago Cantillana; Producción ejecutiva: Javiera Palma; Producción general: Pablo Díaz, Alejandra García, Alex C. Lo y Andrés Wood; Post producción: Álvaro Asela; Co-producción: Julio Chavezmontes y María Zamora; Compositora: Mariá Portugal; Director de fotografía: Benjamín Echazarreta; Edición: Yibran Asuad; Diseñador de producción: Nohemi González; Dirección de arte: Francisca Correa; Diseñadora de vestuario: Carolina Espina; Departamento de maquillaje: Ana Gaubert, Nicole A. Herrera y Camila Vergara; Asistencia de dirección: Bárbara Montaña; Departamento de arte: Simón Alarcón; Duración: 1 hora 48 minutos; País: Chile; Año: 2026