Informe 74º SSIFF: Chile en el trauma y la fragilidad democrática

Las películas presentadas también dan cuenta de la necesidad de generar alianzas y del rol vital que siguen teniendo los festivales europeos a modo de validación para el cine local. Se evidencia, además, un estado de la filmografía que reúne a las voces que renovaron la narrativa hace 15 o 20 años con quienes se abren hoy un espacio en el sector. En cualquier caso, la recepción sigue siendo favorable.

263 títulos procedentes de 47 países fueron seleccionados para la edición número 74 del Festival de San Sebastián. En ese panorama, de diversidad de miradas, lenguajes y recursos implicados, el cine chileno ha tenido una participación destacada. El certamen español congregó las nuevas películas de Dominga Sotomayor y Manuela Martelli en Horizontes Latinos, el debut de Thomas Woodroffe (Bloques erráticos) en la sección New Directors y la serie de Pablo Larraín (Mis muertos tristes) presentada, de forma inédita, como formato largometraje en la sección oficial. 

La presencia local también se ha manifestado a través de las coproducciones y los proyectos colaborativos: Caballo salvaje nueve (con participación de Fábula), la película animada Winnipeg, El barco de la esperanza (El Otro Film), el cortometraje Para los contrincantes (Planta Cine) y el filme Este cuerpo mío (codirigido por Afioco Gnecco). Y es que aquí confluyen múltiples formas de hacer cine que, en el caso de la participación chilena de esta edición, encuentran líneas en común: hablar de la identidad a través del trauma y de la exploración de las fisuras democráticas.

Las películas presentadas también dan cuenta de la necesidad de generar alianzas y del rol vital que siguen teniendo los festivales europeos a modo de validación para el cine local. Se evidencia, además, un estado de la filmografía que reúne a las voces que renovaron la narrativa hace 15 o 20 años con quienes se abren hoy un espacio en el sector. En cualquier caso, la recepción sigue siendo favorable. Un espectador, de hecho, preguntó en uno de los coloquios por las razones detrás de la calidad de las producciones chilenas del presente. El productor Fernando Bascuñán (La perra) le respondió que se trataba de un trabajo sistémico: “Hay una confianza que, como industria, ha construido el cine chileno en los últimos 30 años con bastante intención. Un proceso de profesionalización desde lo más técnico hasta lo más artístico. Es algo que hay que cuidar, especialmente hoy día por lo que está pasando en Latinoamérica con la llegada de la ultraderecha”. 


La perra
Dir. Dominga Sotomayor. Chile, Brasil.

Cuando a Dominga Sotomayor le ofrecieron la posibilidad de adaptar la novela La perra, de Pilar Quintana, tomó una decisión fundamental: llevar la historia, originalmente ambientada en Colombia, a una isla remota del sur de Chile. El filme, técnicamente más desafiante que sus largometrajes anteriores, se estrenó en mayo en la Quincena de Realizadores de Cannes y luego fue escogido para la sección Horizontes Latinos de esta edición del SSIFF. 

Aunque se trata de un rodaje más complejo, Sotomayor mantiene la capacidad de sostener el punto de vista que caracteriza toda su filmografía. Ya lo hizo en De jueves a domingo, en Tarde para morir joven y en Limpia. Ahora, la directora sigue a Silvia (Manuela Oyarzún) —una mujer recolectora de algas que adopta a una cachorra abandonada y que explora un profundo vínculo con ella— con una íntima sensibilidad y sin desviar la mirada. A través de este personaje aborda el trauma, el territorio y la maternidad. “Es una película salvaje que une cuerpo, naturaleza y animales”, dijo Oyarzún al abrir la presentación del filme en el Kursaal 2. La actriz también leyó un mensaje de la directora, que no pudo asistir al festival, en el que dedicó la función a su hija recién nacida. La perra cuenta con el actor brasileño Selton Mello (Aún estoy aquí) en el elenco y con la música de Clint Mansell (Requiem por un sueño). 


El deshielo
Dir. Manuela Martelli. Chile, España, México. 

El segundo largometraje de Manuela Martelli llegó a San Sebastián con el respaldo de haber sido escogida como candidata de Chile a los Oscar y de haber recibido elogios en su paso por Cannes. La participación de El deshielo en el principal festival de cine de España tiene todo el sentido: la película cuenta con el apoyo de Elástica —una de las principales productoras españolas—, la historia aborda el viaje trasatlántico de un iceberg chileno a la Exposición de Sevilla de 1992 y, además, la directora ya fue seleccionada en este certamen hace cuatro años con su ópera prima (1976). Como en aquella ocasión, su filme se proyecta en la sección Horizontes Latinos, donde compite con los trabajos de Dominga Sotomayor, Diego Luna, Lorenzo Ferro y Fernanda Tovar, entre otros. 

Manuela Martelli mantiene el lenguaje que exploró en 1976: la atmósfera tensa, la intimidad de sus personajes y la habilidad para narrar con sutilezas lo que subyace en las capas menos visibles. Aquí se aproxima a los años de la transición en Chile, una época que, según la directora, forjó una generación que creció como guardiana de una frágil democracia. El deshielo se adentra en ese período a través de Inés, una niña que recorre los pasillos y habitaciones de un hotel en la montaña —y los espacios simbólicos y sociales que guardan esos recovecos—. “La mirada desde la infancia podía ser una forma de vincularse con la historia desde un lugar sin palabras”, cuenta. 

La directora presentó la película en el Kursaal 2 a sala llena, junto a la actriz Saskia-Sophie Rosendahl y las productoras Alejandra García y María Zamora. El filme integra, además, el ciclo Jóvenes, Cine, Memoria y Democracia. 


Caballo salvaje nueve 
Dir. Martin McDonagh. Reino Unido, Chile, Estados Unidos.

En la nueva película de Martin McDonagh, John Malkovich y Sam Rockwell llegan a Rapa Nui con un único objetivo (aparentemente): ver “las cabezas” o “los cabezones”. Así llaman a los moais estos personajes, que reniegan de cualquier expresión indígena, se burlan de la movilización popular y dejan claro, en más de una ocasión, que están en Chile para “desestabilizar la democracia”. Caballo salvaje nueve (Wild Horse Nine) se estrenó con una larga ovación en Perlak, una de las secciones principales que reúne a las películas más relevantes de la temporada que ya han cosechado reconocimientos en otros certámenes —Venecia, en este caso—.

Hay mucha vinculación con Chile en este filme y también cierta distancia evidente. En términos narrativos, la historia sigue a dos agentes de la CIA en los meses previos al golpe de Estado de 1973. De hecho, la película comienza con imágenes de Salvador Allende y con música de Violeta Parra. El elenco incluye a Mariana Di Girolamo, Paola Giannini y Bastián Bodenhöfer. Además, Fábula tiene una participación importante en la producción y en los créditos abundan los nombres locales. Aún así, no deja de ser una mirada foránea. Es inevitable que se cuelen lugares comunes, algunas simplificaciones y una mirada de la isla que  —aunque se muestra visualmente imponente— la deja reducida a un lugar rural y prácticamente deshabitado.  

La película funciona, como suele ocurrir en el cine de McDonagh (Escondidos en Brujas o Tres anuncios por un crimen), por llevar a los personajes al límite y por sus diálogos ágiles e inteligentes. También por explorar vínculos improbables y por la agudeza de su ironía. En este guion, además, presenta una sátira que apela directamente al imperialismo, la intervención y el poder. Es interesante, en ese sentido, que una de las películas que se posiciona más fuertemente para la próxima temporada de premios hable de las heridas de Chile, de dictadura, tortura y fragilidad democrática, en un contexto en que el expansionismo vuelve a poner en duda las consecuencias de aquello. 

Mis muertos tristes
Dir. Pablo Larraín. Argentina, Chile. 

Mis muertos tristes comienza con un plano de la actriz Luz Jiménez moribunda sobre una cama mientras sostiene la mano de su hija (Mercedes Morán), protagonista de la historia. Esa primera escena evidencia la contraposición conceptual entre la vida y la muerte que explora esta serie producida por Fábula para Netflix y filmada tanto en Chile (interiores) como en Argentina (exteriores). Su estreno en San Sebastián tiene una particularidad: se presentó en formato largometraje —con un montaje de 187 minutos— como parte de la sección oficial a concurso del festival. La recepción, sin embargo, ha sido mixta. 

La historia se sitúa en Buenos Aires y adapta en un mismo universo algunos de los cuentos incluidos en Un lugar soleado para gente sombría, de Mariana Enríquez, que también ejerce como productora del proyecto. “Lo fantástico es un lugar muy interesante para mirar y habitar la sociedad. La idea del fantasma y de la otredad siempre ha estado en el espacio simbólico y pensar lo social desde ahí me parece bellísimo”, planteó Pablo Larraín, junto a la propia escritora y las actrices del elenco, en la rueda de prensa antes de presentar la película en el Kursaal. También añadió una mirada al presente político de Latinoamérica a partir de la experiencia de hacer ficción desde el cono sur: “Dentro de este panorama, de este cielo oscuro que vemos todos los que estamos en esta mesa, al menos hay un rayo de sol en la posibilidad de poder expresarnos”.  

En Mis muertos tristes, Larraín busca impregnar el relato de su habitual atmósfera lúgubre, de su estilo de cámara y de centrar la mirada en los personajes. Evoca, en parte, el tono de El club o Tony Manero, aunque el resultado no alcanza la misma profundidad. La versión en formato serie ya está disponible en Netflix.