Kalkutún, juicio a los brujos: Los costos de lo desconocido
La vocación de un cine de género, incombustible en la carrera de Jorge Olguín, acá retoma una serie de elementos que se observaron en pasadas producciones. El tema del folclore y su oscurantismo como forma de entender las relaciones de poder y personajes que se adentran en lo desconocido, conviven aquí bajo una mirada de cine de suspenso y terror. La intriga política de facciones de brujos que luchan entre sí y los intentos de José González, fiscal enviado desde Santiago para investigar una serie de extraños sucesos en Chiloé, aportan con el motor de la trama que va mostrando caras y caretas.
Dentro de nuestra jerga fílmica, el término superproducción no es algo muy común en el quehacer de las producciones nacionales. Las posibilidades de aunar un entramado costoso en ambientación y locaciones, junto a una trama ambiciosa en perspectiva y personajes, hacen que la apuesta de una película que requiera una cadena productiva costosa sean una rara avis. Como en muchos aspectos de la producción artística, la contienda es desigual. Ya sea por el cada vez más difícil acceso a fondos para costear innumerables costos o la manera en que se genera un círculo virtuoso entre inversión y devolución por medio de entradas y otros flujos de retorno por medio del streaming, la apuesta por generar una historia con rica ambientación y variados puntos de trama ha tenido dispares resultados como producto masivo de calidad.
¿Qué se espera de una película de esta envergadura? Dentro de nuestro ecosistema cinematográfico propone una promesa y una maldición. La posibilidad de una ambientación preocupada en detalles o locaciones que aporten su cuota de inmersión son cartas que apuntan hacia una mirada en sintonía con el gran público. Pero al mismo tiempo, uno mira con suspicacia cómo se podrá poner en marcha un armatoste que reúna las partículas elementales de una película de mayor tiraje de producción. Desde la frustrada ambición telenovelesca de Sub-terra (Marcelo Ferrari, 2003) o lo acartonado y pedagógico que se vio el conflicto bélico de Esmeralda 1879 (Elías Llanos, 2010), es frágil el equilibrio que envuelve a la ambición por dar cuenta de algo más que la recreación de un mundo por medios cinematográficos
Junto a la recreación de época, una mezcla secuencias de acción y psicología de personajes, como otra vertiente de una ambición por contar historias a gran escala, hacen patente las peripecias por las que deben pasar estas producciones. Situaciones como la de Pacto de Fuga (David Albala, 2020) o las obras tardías de Miguel Littin como Allende en su laberinto (2014) o Dawson Isla 10 (2009), abordan la posibilidad de contar con un respaldo de público dentro de una producción que excede los costos del promedio nacional. Describir una ambientación de época o tener secuencias que requieren una coreografía de efectos, son acompañados por pugnas entre personajes, secuencias que requieran malabares en su producción. Una sesuda planificación de secuencias y ambientación, variedades en la trama y personajes, terminan por cargar la mochila de una cadena productiva no menor.
Una relectura de episodios históricos bajo los códigos del cine de género pone a Kalkutún: Juicio a los brujos dentro de aquellas películas que se arroban a sí mismas una recreación de un mundo y una intriga por la amplitud de medios cinematográficos. Desde sus primeros silenciosos minutos, presenta sus credenciales en una ambición de forma y contenido. A la logística de lugares que se va demostrando con los aires de Chiloé, se suma una ambientación decimonónica que aprovecha monumentos y locaciones naturales para ir colocando las piezas de una trama que remite a una mirada subterránea de procesos de la historia de Chile.
La vocación de un cine de género, incombustible en la carrera de Jorge Olguín, acá retoma una serie de elementos que se observaron en pasadas producciones. El tema del folclore y su oscurantismo como forma de entender las relaciones de poder y personajes que se adentran en lo desconocido, conviven aquí bajo una mirada de cine de suspenso y terror. La intriga política de facciones de brujos que luchan entre sí y los intentos de José González, fiscal enviado desde Santiago para investigar una serie de extraños sucesos en Chiloé, aportan con el motor de la trama que va mostrando caras y caretas. Como película con pretensiones de ir revelando un misterio en nuestra historia decimonónica, se vuelve central una trama lo suficientemente ancha para un desfile de personajes en conflictos de herencias de poder y una pugna entre tradición y modernidad por parte de representantes de un orden laico.

A medida que se avanza en la trama, la presentación de conflictos que se dispersan para luego unirse en uno central son otro aspecto clásico dentro de la intriga que ofrece Olguín. Como una manera de comprender una negación de todo lo que se esconde en el sur de Chile, la famosa Recta Provincia que tiñó de suspicacias al estado chileno a finales del siglo XIX aparece como un espectro que ordena los conflictos de poder que mueven los hilos del guion. Las investigaciones del fiscal santiaguino o la revelación de traiciones entre brujos van aportando lo suyo a la hora de ver qué tanto se permea de lógica política el folclore y sus prácticas.
Con el uso de un montaje paralelo, recurso inevitable dada la envergadura de las tramas, Olguín va sumando canales para comprender las ramificaciones del mundo que se intenta construir. Este montaje se sustenta en un trabajo de posproducción para llegar a buen puerto con los efectos necesarios para los códigos del género. Aquí radica la pujanza de Kalkutún por poner las cartas sobre la mesa en su afán por caracterizar las fuerzas que la mueven. Secuencias que dependen de un uso sutil de efectos especiales pero que necesitan recalcar lo verosímil en el gore y horror que intentan construir, son el complemento a la pretensión por describir un reconocible mundo criollo de imbunches, criaturas de la noche y amuletos.
Mención aparte requieren las actuaciones que cargan con el peso de reproducir personajes arquetípicos pero que a la vez entregan matices de chilenidad en la paleta de Kalkutún. Un artero Bastián Bodenhöfer, un melancólico Luis Dubó o un tenaz Daniel Antivilo (quien se ha convertido en un referente a la hora de una representar un arquetipo chileno en modos de ser y hacer) son parte de un elenco que deben darle cuerpo, alma y sangre a las luchas de poder entre brujos.
Como un elemento inevitable en la variedad de flancos de este tipo de producciones, el precio de querer adentrarse en lo desconocido no es menor tanto frente como detrás de cámara. El mismo Olguín ha declarado las peripecias que debió enfrentar a la hora de filmar en el sur de Chile, un elemento que termina permeando de una acechante tensión algo que se esconde entre los bosques chilotes. Tensión que también padecen personajes que terminan sabiendo más de lo que debieran o que sea adentran en luchas por un poder que les tomará la vida entera. Con una mirada hacia el imaginario del sur de Chile y un poder central que intenta aprehenderlo, Olguín y compañía apuestan alto por un cine de género que no esconde su vocación popular. Y dentro de nuestro horizonte fílmico, qué mejor que adentrarse en el misterio con una variada paleta cinematográfica.
Título original: Kalkutún: juicio a los brujos. Año: 2026. Duración: 118 min. País: Chile
Dirección: Jorge Olguín. Elenco: Juan Carlos Maldonado, Paulina Eguiluz, Luis Dubo, Bastian Bodenhoffer, Camila Oliva, Nicolás Zarate, Daniel Antivilo, Felipe Ríos. Producción ejecutiva: Carol Campos, Jorge Olguín, Dirección de fotografía: Oliver Shaw: Dirección de arte: Hugo Tripodi. Sonido: Jorge Zepeda: Paz Zepeda. Postproducción imagen: Cristián Mascaró. Música: Anton Reisenegger, Sebastián Puente. Maquillaje: Eva Martínez, Marioli Marilaf, Natasha Schmied, Raúl Cuadra. Vestuario: Diego Yáñez, Priscila Huaman. Efectos especiales: Angie Chacana. Casa productora: Olguin Films.
